sábado, 23 de septiembre de 2017

Barry Seal: el traficante (American Made, 2017)***

Dir: Doug Liman
Int: Tom Cruise, Domhnall Gleeson, Jayma Mays, Sarah Wright, Jesse Plemons, Lola Kirke, Caleb Landry Jones, Benito Martinez, Connor Trinneer, E. Roger Mitchell, Justice Leak, Jayson Warner Smith, Robert Farrior, Frank Licari, David Silverman.

El gran conseguidor que surcó los cielos.

No se han devanado mucho los sesos los que deciden los títulos en España en este caso, cuyo título original: American Made ("Hecho en América"), albergaba unas connotaciones mucho más interesantes que el que nos ocupa, y que, por ejemplo, entronca directamente con ese Living in America, una canción muy USA que en el filme Rocky 4, escenificaba el púgil negro Apolo Creed bailándola vestido con la bandera norteamericana (sombrero incluido) mientras James Brown la desgranaba con su particular estilo ante la atónita mirada del púgil soviético (Iván Drago), encarnado por Dolph Lundgren. Todo esto viene mucho a cuento, porque éste Barry Seal encarna el lado más descarado del sueño americano: éxito y dinero rápido mientras aún eres joven y estás en plenas facultades para disfrutarlo. Barry se las promete muy felices, pero lo que no sabe es que cuando entras en el juego del poder, los servicios secretos y las mafias, pierdes rápidamente el control sobre tu propia vida. 


Barry Seal, fue un personaje real y lo vemos en una ya mítica foto en la que siguiendo las indicaciones de los servicios secretos, al levantar la mano, indicaba que tenía a su lado al legendario narcotraficante de Medellín Pablo Escobar (hay una excelente serie titulada Narcos, que se centra en sus dos primeras temporadas en las correrías de este peculiar personaje).Un aliciente más que aporta este estupendo biopic (como se dice ahora) o biografía, llena de acción y de humor socarrón, y con un Tom Cruise magnífico que se revela (a sus más de cincuenta tacos) en una forma y aspecto físico envidiables. 




Barry Seal era un piloto de primera (capaz de despegar en plena selva colombiana sin apenas espacio con una avioneta llena de cocaína), Barry fue reclutado en los 80 por el Cártel de Medellín liderado por el todopoderoso Pablo Escobar. Descubierto por la CIA, éstos a su vez lo ficharon para enviar armas de incógnito a la “Contra” nicaragüense. Al mismo tiempo, mientras la CIA y la DEA hacían la vista gorda con sus envíos de cocaína a los Estados Unidos para poder obtener pruebas definitivas contra “D. Pablo”, Barry Seal untaba al general Noriega para que le dejase despegar desde su territorio con el preciado polvo blanco. Todo un entramado de viajes continuos, una locura imparable que cada vez hacía más y más rico al bueno de Barry, que sólo quería que su bonita familia viviese bien y no le faltase de nada: una buena casa, coches, joyas, dinero a espuertas...lo dicho...El sueño americano. 




Dirige este divertidísimo thriller-comedia (pues yo así lo calificaría) con gran habilidad y ritmo Doug Liman, a la sazón, artífice de uno de los mejores filmes que da vida al agente Jason Bourne (El caso Bourne, 2002), encarnado a la perfección por Matt Damon. Liman también dirigió en 2010 el thriller político Caza al espía, otro excelente trabajo protagonizado por Naomi Watts y Sean Penn. 




Respecto a Tom Cruise, a estas alturas que se puede decir. Todo un “Top Gun” del cine que, a aquellos que critican su capacidad actoral, no estaría de más que lo recordasen en Magnolia (1999, Paul Thomas Anderson), Eyes Wide Shut (Stanley kubrick, 1999) o Collateral (2004, Michael Mann). Un actor que, además de romper taquillas, ha rabajado a las órdenes de los mejores directores y con grandes actrices. En American Made, Tom encarna a la perfección a este sinvergúenza y descarado Barry Seal de una manera impagable, absorbiendo prácticamente todo el protagonismo de la película. Su pareja en la ficción, la bella y rubia Sarah Wright, mantiene una buena química con Cruise, y todo el reparto funciona y da credibilidad a esta rocambolesca pero divertida historia. 




Finalmente, el bueno de Barry no acabó muy bien, aunque  en las investigaciones que se han realizado al margen de la versión oficial, no queda claro si fue el Cártel de Medellín o las propias agencias de inteligencia norteamericanas las que pusieron fin a su vida. La verdad es que ambos le tenían ganas. Y es que jugar a dos o tres barajas (como en el caso de Barry  Seal), te da demasiados naipes para poder descartarte a tiempo.

Gonzalo J. Gonzalvo

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

jueves, 21 de septiembre de 2017

Detroit (2017)***

Dir: Kathryn Bigelow
Int: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O'Toole, Hannah Murray, Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever, John Krasinski, Darren Goldstein, Jeremy Strong, Chris Chalk, Laz Alonso, Leon Thomas III, Malcolm David Kelley, Ephraim Sykes, Samira Wiley, Peyton Alex Smith, Austin Hebert. 

Kathryn Bigelow nació en San Carlos (California, USA) en 1951. Sus primeros pasos en el mundo creativo los dío en la pintura, pero pronto empezó a relacionarse con el mundo del cine. No hay muchas directoras de cine norteamericanas que triunfen plenamente en el mismo terreno que han "ocupado" tradicionalmente los hombres: el cine de acción. También es cierto que en los más de diez largometrajes dirigidos por ella, ha ido construyendo un estilo personal en el que, además de mostrar su solvencia en el cine genérico (acción, thriller, bélico, terror o ciencia ficción), ha mostrado una especial sensibilidad en la dirección de actores. Desde Loveless (1981), su primer largometraje, hasta Detroit (2017), el último, ha logrado dejar impronta con la ya mítica Le llaman Bodhi (1991), en ella Patrick Swayze y Keanu Reaves demostraban estar en plena forma, surfeando y atracando bancos en la soleada California; con la irregular (y de culto) Días extraños (1995), en la que dirigió una historia, concebida por el mismísimo James Cameron, ambientada en un inquietante futuro distópico controlado por las drogas sintéticas y la publicidad.



Con el escritor Mark Boal, el guionista de Detroit, ya había colaborado estrechamente en En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008) y Zero Dark Thirty (2012). Los temas ahora son la Guerra de Irak (con un sólido análisis psicológico de los soldados envueltos en ese conflicto bélico, en la primera) y "la caza, acoso y derribo" de Osama bin Laden (en la segunda), que parece tuvo mucho que ver con el empeño de una agente del FBI, que interpretó magistralmente Jessica Chastain.  

La película que ahora nos ocupa está ambientado durante los disturbios raciales que sacudieron la ciudad de Detroit, en el estado de Michigan, en julio de 1967. Todo comenzó con una redada de la policía en un bar nocturno sin licencia, que acabó convirtiéndose en una de las revueltas civiles más violentas de los Estados Unidos. Como se relata de manera esquemática (de noticiario televisivo), se declaró el estado de emergencia, la Guardia Nacional, la Policía Local y la Estatal, intentaron controlar un auténtico motín, con saqueos, francotiradores y un absoluto caos, marcado por la violencia. 





Kathryn Bigelow, aplicará su mirada inquieta (una cámara nerviosa y en continuo movimiento) para intentar transmitirnos esa sensación de inseguridad y tensión, semejantes a los que se producen durante un conflicto armado. Incluso mantendrá esa tensión visual cuando la acción se trasladea espacios cerrados, incidiendo en su carácter claustrofóbico. En realidad, Bigelow (y Mark Boal), nos quieren relatar algo más concreto: las torturas, asesinatos y malos tratos que recibieron, durante la noche del 25 al 26 de julio de 1967, los ocupantes del Motel Algiers de Detroit. Allí, varios negros y dos jóvenes blancas, cayeron en manos de tres desalmados policías, uno de ellos (el líder) de marcada ideología racista y rasgos psicopáticos, y los otros dos con serias limitaciones en su capacidad intelectual (al menos, así los muestra Bigelow). Lo peor de todo es que el resto de las autoridades, por error u omisión intencionada, les dejaron hacer todo tipo de barbaridades y salvajadas. En ese momento, la película parece más un relato de terror, en el que se ha apostado por el naturalismo y por hacer explícita la violencia y el odio sin sentido que pueden poner en marcha los seres ¿humanos? 



No es la mejor película de la siempre interesante Kathryn Bigelow, pero merece la pena que entiendan y compartan el infierno por el que tuvieron que pasar unos inocentes en manos de un grupo de policías que abusaron de su poder, y que con "más sombras que luces", esta eficiente realizadora norteamericana se ha atrevido a relatarnos.

Roberto Sánchez

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

lunes, 18 de septiembre de 2017

It (2017)**

Dir: Andrés Muschietti
Int: Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, Wyatt Oleff, Jeremy Ray 
Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Nicholas Hamilton, Jake Sim, Logan Thompson, Owen Teague, Jackson Robert Scott, Javier Botet, Stephen Bogaert, Stuart Hughes, Geoffrey 

Pounsett, Megan Charpentier
 
El payaso diabólico regresa para hacer taquilla 

Sin que sirva de precedente, de vez en cuando coincido plenamente con ese “enfant terrible” de la crítica cinematográfica que es Carlos Boyero. Sé que me arriesgo a que, a partir de aquí algunos dejen de leer este artículo, pero ante todo la honestidad y la sinceridad de este escritor que en su más de medio siglo de vida ha visto ya mucho cine (para bien y para mal), y eso incluye cine muy bueno, notable, regular, malo y muy malo. 


Dejo incluso, para los que deseen leer la crítica de mi colega, el ellace a la misma:
https://elpais.com/cultura/2017/09/07/actualidad/1504801916_749444.html  


Y, ahora, vamos a entrar en materia. Por si alguien aún no conoce de que va esta historia basada en la novela homónima de Stephen King (el rey del Best Seller de la novela de terror desde hace décadas), It (Eso), nos sitúa en Derry, una apacible localidad del estado de Maine, en la que comienzan a desaparecer niños de un modo misterioso e inexplicable (como diría Iker Jiménez). Tras estas desapariciones se encuentra Pennywise, un payaso diabólico que aparece cada veintisiete años para atacar a generaciones de niños desde hace siglos. La historia desde luego da para una novela de terror que, en manos de Stephen King se convirtió en unas mil páginas. Subterfugio éste, suficiente para realizar ésta nueva adaptación y dos partes más que ya están en marcha (It 2, prevista para 2018 y que dirigirá el mismo Muschietti) debido a la buena taquilla de éste It de 2017 (amén de una versión de “el montaje del director” (Director´s Cut) con escenas añadidas para reforzar las apariciones de este payaso semi-digital). Todo por la pasta.  

Yo, al menos. aunque me he aburrido al igual que Boyero, voy a dedicarle más tiempo y esfuerzo a éste artículo. Con su director, Gabriel Muschietti, me ocurre, respecto a su  anterior trabajo Mamá (2013), algo similar a lo que sucede a mi colega Boyero. Me parece  “tan enfática como facilona”, además de que es un estiramiento de un cortometraje anterior (con idea original del gran Guillermo del Toro), de igual título,  que en algo más de cinco  minutos contaba la misma historia, y mejor, en manos del mismo Muschetti. Por lo demás, este señor no tiene dirigidos más que dos cortos más y, desde luego, con It le ha tocado la lotería al igual que a su protagonista, un casi imberbe Bill Skarsgard que saltó a USA a través de la serie Divergent (Divergente, iniciada en 2014), y que en cuanto al personaje del payaso de It, debe medirse con el gran actor Tim Curry (que hoy, con 71 años está desgraciadamente en silla de ruedas por un derrame cerebral, si no le daba sopas con honda) protagonista de la versión de 1990. Para los que no sepan nada de Tim Curry, no estaría de más que recordaran y revisaran filmes como The Rocky HorrorPictures Show (1975, Jim Sharman), El grito (1978, Jerzy Skolimowski), Legend (, 1985, Ridley Scott), La caza del octubre rojo (1990, John McTiernan), junto a Sean Connery, o ese magnífico cardenal Richelieu que encarnó Curry en la correcta y discreta Los tres mosqueteros, de 1993 (Stephen Herek), etc... 





Los puntos fuertes de éste It del 2017 son fundamentalmente técnicos. El nuevo Dolby Atmos de última generación la dota de un gran sonido, y la definición de la copia digital y los efectos especiales de este 2017 poco a nada tienen que hacer con los de la versión de 1990,  que, a cambio, ofrecía un payaso mucho más real y corpóreo y suplía los medios técnicos digitales de hoy con talento interpretativo e ingenio. 
Los puntos débiles de este It 2017 son muchos. Un guión que carece totalmente de garra, unos sustos que se repiten hasta la saciedad (y que cuando has visto uno ya los has visto todos). Por no hablar de una banda sonora que raya en el plagio en más de una secuencia con la partitura compuesta por John Williams para E.T., por supuesto sincronizada con escenas de adolescentes en bicicleta. La alargada sombra de Los Goonies (Richard Donner, 1985) planea también para captar fans nostálgicos de esos y otros filmes míticos de los ochenta. El metraje se hace insoportablemente largo, y todo el tono de la película (chistes incluidos) parece destinado a su otro “target” u objetivo: los adolescentes palomiteros y gritones de entre 13 y 16 años que ni siquiera eran un espermatozoide cuando se estrenó la versión de It de 1990. 




Para mí, desde luego, el buen cine es otra cosa muy distinta, incluso dentro del género del terror y el fantástico, del que soy apasionado desde siempre. Hay grandes películas como  Al final de la escalera (Peter Medak, 1980),y es sólo por poner un sencillo ejemplo, que apenas sin mostrar nada, consiguen un clima de terror y suspense que mantiene al espectador en vilo. Sin efectos especiales, pero con mucho talento e ingenio tanto a nivel de guión como en la dirección e interpretación. Y, si nos vamos más atrás, como decía el propio Boyero, directores como Jacques Tourneur con su Cat People (1942), o Hitchcock en The Birds (1963) y tantas otras, sí que sabían crear atmósferas inquietantes y aterradoras que te atrapaban sin  remedio (y con los medios técnicos de los años 40, 50 o 60). El resto es, nunca mejor dicho:  “horror olvidable, efectos especiales y tonterías”

 Gonzalo J. Gonzalvo

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

sábado, 16 de septiembre de 2017

Valerian y la ciudad de los mil planetas (2017)**

Dir: Luc Besson
Int: Dane DeHaan, Cara Delevingne, Clive Owen, Ethan Hawke, Rihanna,Herbie Hancock, Rutger Hauer, Kris Wu, Emilie Livingston, Aurelien Gaya, Alain Chabat, Ola Rapace.


Luc Besson siempre ha querido seguir la senda de la space opera cinematográfica. Con diferencia, es uno de los pocos directores europeos que ha logrado hacerla realidad con El quinto elemento (1997) y ahora también en ésta reinterpretación de Valérian y Laureline, personajes creados por Pierre Christin y Jean-Claude Mézières. Me dirán que no hace más que rendirse a la estela de Star Wars, pero sería interesante que valoraran la importancia que tienen los franceses Pierre Christin (guionista de cómics) y Jean-Claude Mézières (dibujante e ilustrador) en la configuración en imágenes de la space opera.

Sus personajes (Valérian y Laureline), y el universo espacio-temporal en el que se mueven, se remontan al año 1967. De hecho, la adaptación de Besson (él mismo es el concienzudo guionista del film) es muy fiel al colorido mundo psicodélico de finales de los sesenta. Está claro que una de las muchas fuentes de inspiración de George Lucas en el remoto 1977 (fecha fundacional, recuerden, de la saga en el cine), fue el universo de Galaxity, concebido por estos maestros franceses de la historieta. Su influencia fue grande e hizo posible la aparición de personajes en el cómic como Dani Futuro, creado por Victor Mora (en el guión) y Carlos Giménez (en el dibujo) entre 1969 y 1975, dos de los grandes del tebeo español.

Cito a Jordi Costa, uno de los mejores expertos en las relaciones entre el cómic y el cine, dentro del amplio género de la ciencia-ficción, en sus crónicas para El País nos dice literalmente: "Una barroca 'space-opera' emborrachada de fosforescencias digitales donde prevalece la ligereza por encima de la trascendencia. Algunas de sus soluciones narrativas son brillantes".



Ambientada en el siglo XXVIII, nos encontramos con Valerian (Dane DeHaan) y Laureline (Cara Delevingne), una pareja de dicharacheros y algo petulantes agentes espaciales encargados de mantener el orden en todos los territorios humanos. Bajo la asignación del Ministro de Defensa, se embarcan en una misión hacia la asombrosa ciudad de Alpha, una metrópolis en constante expansión, donde especies de todo el universo han convergido durante siglos para compartir conocimientos, inteligencia y culturas. Pero hay un misterio en el centro de Alpha, una fuerza oscura amenaza la paz en la Ciudad de los Mil Planetas. Valerian y Laureline deben luchar para identificar la amenaza y salvaguardar el futuro, no sólo en Alfa, también en el universo.



Lo cierto es que Luc Besson no logra ir mucho más allá del tópico argumento relatado un poco más arriba. Esta megalópolis-planeta-estación espacial, es en realidad una metamorfoseada metáfora de Nueva York, París, Tokio, Hong Kong..., en la que una pareja de investigadores-aventureros del futuro, tendrá que resolver un enigma... Como dice Jordi Costa, "algunas de sus soluciones narrativas son brillantes", pero, muy escasas, añadiría yo. Más allá de las brillantes y coloristas soluciones en la dirección artística, trucajes digitales y la fotografía (en las que los franceses demuestran una gran solvencia), nos encontramos con un sentido homenaje a los personajes de Christine y Mézières, y algunos breves destellos, algunas referencias a un futuro marcado por las injusticias, por el desprecio a los refugiados, por el nulo respeto a los "otros", a los inocentes desplazados por las guerras y por los intereses espurios de corporaciones multinacionales (perdón, "multiplanetarias"), como, sin ir más lejos en el espacio-tiempo, sucede en el inquietante presente. 


Luc Besson, por definición, es irregular en su filmografía pero igualmente en el rendimiento interno de muchos de sus filmes. A su favor hay que decir que casi siempre son entretenidos y muy atractivos visualmente. Espero y deseo que esta película quede, al menos, como homenaje a los dibujantes y guionistas del cómic francés, que desde hace muchos años han sido un modelo a seguir, generando en su quehacer editorial numerosos aciertos artísticos y enriqueciendo el lenguaje del cómic (y el de la imagen en general); aprovechados por los cineastas sin reconocer, en muchos casos, su "noble" procedencia desde los territorios de la tinta y el papel. 


Roberto Sánchez


-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

Verónica (2017)***

Dir: Paco Plaza
Int: Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, Ana Torrent, Consuelo Trujillo, Sonia Almarcha, Maru Valdivielso, Leticia Dolera, Ángela Fabián, Carla Campra, Samuel Romero.

Posesiones diabólicas en la España de los 90


El filme Verónica tiene el aliciente adicional de estar basado en la historia real de Estefanía Gutierrez Lázaro (conocida como “la poseída de Vallecas”) y el expediente policial abierto por el inspector José Pedro Negri, que llevó el caso de su muerte. La noche del 27 de noviembre de 1992, la centralita del 091 recibió una llamada de auxilio procedente del número 8 de la calle Luis Marín de  Madrid. Al llegar el inspector y varios policías observan fenómenos paranormales en la casa y redactan un polémico informe. La hija de la familia, tras realizar diversas sesiones de ouija había sido al parecer anteriormente poseída por un espíritu maligno cuando una de las monjas del colegio la había pillado “in fraganti” con unas compañeras en plena sesión. La religiosa rompió la tabla por la mitad. Un humo extraño surge entonces de la tabla y se le introduce a Estefanía por la nariz. A partir de entonces su vida es un infierno. Sufre convulsiones y alucinaciones y muestra claros síntomas de posesión hasta que fallece en el hospital Gregorio Marañón el 11 de agosto de 1991. Éstos son los hechos reales. 

La tabla “Ouija” o “Güija” (como recomienda la RAE al castellanizar el término). Proviene de unir el vocablo francés “Oui” y el alemán “Ja”, aunque su origen es mucho más antiguo, algunas fuentes apuntan a Egipto, pero es más probable que fuese en China, hacia el año 1200 A de C. donde se inventase esta herramienta para comunicarse con los espíritus. Debido a la moda espìritista del siglo XIX, en 1890 los empresarios Elijah Bond y Charles Kennard patentaron una tabla con el alfabeto escrito, inventando así la tabla Ouija que se conoce en la actualidad. Numerosas son las películas dedicadas al infernal invento  y sus consecuencias (la mayoría bastante malas), destacando entre ellas: Ouija, el origen del mal (Mike Flanagan, 2016), bastante superior a su anterior Ouija (2014, Stiles White). El resto de títulos mejor obviarlos, incluida la española y floja Ouija, dirigida en 2004 por Juan 
Pedro Ortega. 


Especialista en el género de terror desde sus comienzos, Plaza (autor de esta Verónica) es un director, documentalista y guionista que se da a conocer al gran público con su primer largo El segundo nombre (2002), que se presentó a concurso ese año en el Festival de Sitges. Tras el fiasco de OT, la película (2002), Paco Plaza regresa al género con Romasanta (2004), un filme correcto en el que explora el mito del licántropo en la Galicia del siglo XIX. Le llega el éxito comercial, unido a Jaume Balagueró, a través de la saga de REC (2007-2012), siendo la primera cinta, como ocurre casi siempre, la más interesante y original en cuanto a su propuesta visual y narrativa. También participa en la actual serie de éxito de TVE 1 El ministerio del tiempo



Plaza se inspira en su nueva película en esa historia real sucedida en el madrileño barrio de Vallecas en los años 90. En la película se nos narra que, tras hacer una sesión de Ouija con unas amigas, una adolescente comienza a sufrir extrañas visiones y es asediada por aterradoras presencias sobrenaturales que amenazan con hacer daño a toda su familia. Fiel al incidente real con expediente policial abierto incluido, Plaza nos va desgranando la historia sin abusar de los efectos digitales (lo cual se agradece mucho y habla bien de su inteligencia narrativa) y con una muy buena ambientación que nos sumerge de lleno en la década de los noventa con su particular estética y música. 



Debut notable de su protagonista, Sandra Escacena, arropada por actrices de la talla de Ana Torrent o Maru Valdivieso. Sandra posee esa morbosa sensualidad adolescente mezclada con una cierta inocencia, sin duda un "bocatto di cardinale" para cualquier espíritu maléfico que se precie. También son innumerables las películas sobre posesiones y exorcismos (güija incluida, como ya he apuntado antes) en especial en los últimos años y con la incursión de los canales de internet que emiten en streming y que llevan a las casas un número incontable de series y películas. La mayoría de ellas muy discretas, aunque hay alguna excepción: Líbranos del mal, de Scott Derrickson, en 2014, El exorcismo de Emily Rose, de 2005, también de Scott Derrickson,  Réquiem, de Hans-Christian Schmid, en 2006, etc..., aunque sin duda las referencias obligadas en este subgénero son dos obras maestras del género que deben retrotraernos a los setenta: El exorcista (William Friedkin, 1973) y La profecía (Richard Donner, 1976). 

Bien narrada y con unas más que correctas interpretaciones (los niños que hacen de hermanos pequeños de esta Verónica también están muy bien), Plaza explota bien el recurso de la temporalidad que la aproxima a esos filmes de terror sobrenatural de los 70 y 80, y además dirige de una forma elegante, componiendo un filme de terror atmosférico que sabe inquietar y mantener en vilo al espectador sin recurrir a los resortes bastos y manidos del género. Con algunas secuencias, tanto de exterior como en interiores, realmente deliciosas y bien llevadas. 



El temor a crecer e introducirse en el mundo de los adultos subyace en toda la película (tema recurrente y de actualidad gracias al estreno de It , basado en la novela homónima de Stephen King, y que será objeto de mi siguiente artículo), al igual que la soledad que muchas veces sufren los adolescentes y que pasa desapercibida para sus ocupados y adultos progenitores. 

El género de terror, dentro del cine español, goza pues de buena salud. Más de un director tiene puesto un pie en Hollywood: Jaume Collet Serra, Fede Álvarez, Rodrigo Cortés y el propio Balagueró (cuyo REC fue comprado y versionado en Estados Unidos por John Eric Dowdle en su Quarantine y que abrirá el Festival de Sitges de este año con Musa, su nueva y esperada película). 

Verónica es pues un más que digno producto dentro del género, que resulta imprescindible para adeptos a él pero que, por qué no, gustará también a los amantes del thriller y de las historias humanas que, a veces, tienen un componente sobrenatural inexplicable.

 Gonzalo J. Gonzalvo

Nota del editor: 
La película ha gustado bastante a nuestro colaborador Gonzalo J. Gonzalvo. Lo suficiente como para sugerirme un cambio en la valoración de los estrenos cinematográficos. El me explicaba que no era un***, sino casi un ****, es decir, proponía un *** ½. Aunque, de momento, no cambiamos la valoración que quede constancia de este matiz.

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

viernes, 15 de septiembre de 2017

La niebla y la doncella (2017)**

Dir: Andrés M. Koppel
Int: Quim Gutiérrez, Verónica Echegui, Aura Garrido, Roberto Álamo, Marian Álvarez, Paola 
Bontempi, Sanny van Heteren, Isak Férriz, Cristóbal Pinto, Santi López, Quique Medina,  
Beneharo Hernández, Jorge Kent, Elena Di Felice Benito, Fernando Navas, Adrián Galván.


Andrés M. Koppel, nació en Friburgo (Alemania), pero se ha criado en las Islas Canarias, así que no es tan extraño que la acción de su primer largometraje tenga como escenario fundamental la isla de La Gomera. Tenía experiencia previa en la dirección de cortometrajes y es un
reconocido guionista desde la época de Intacto (2001), del también canario Juan Carlos Fresnadillo, o más reciéntemente escribiendo, junto a Luis Arranz, el de  Zona hostil (2017), de Adolfo Martínez. En su debut como realizador de largometrajes, también escribe el guión, adaptando una novela de género policíaco de Lorenzo Silva, con el mismo título del film; un escritor al que los cineastas españoles aprecian, adaptado ya en El alquimista impaciente (2002), dirigida por Patricia Ferreira, o en La flaqueza del bolchevique (2003), de Manuel Martín Cuenca. Como el género policíaco, y el thriller, patrecen atravesar un buen momento, tanto en cine como en literatura,  la película ha tenido un lanzamiento publicitario importante y se ha estrenado en las mejores salas de España.

No siempre las cosas son como parecen y a menudo, lo obvio no resulta ser lo real. Al sargento Bevilaqua (Quim Gutiérrez), de la Guardia Civil, le encomiendan la tarea de investigar la muerte de un joven en la isla canaria de La Gomera. Todo apuntaba a Juan Luis Gómez Padilla (Fernando Navas), político de renombre en la isla, al que un tribunal popular absolvió a pesar de la aparente evidencia de las primeras pesquisas. El sargento y su inseparable cabo Chamorro (Aura Garrido) intentarán esclarecer este embrollado caso, con presiones políticas y con la dificultad añadida de intentar no levantar suspicacias al reabrir un caso que sus compañeros daban por cerrado. 

Ahora mismo, en un thriller tiene que haber algo de corrupción, bien de carácter político, o directamente policial, puede haber una pareja de detectives ya establecida (Bevilaqua y Chamorro son personajes habituales de Lorenzo Silva) y con cierta tensión sexual entre ellos, todavía más reforzada por la presencia de otra "guardiesa" civil, llamada Ruth Anglada (Verónica Echegui), que participará de modo muy activo en todas las tramas propuestas.



Lo cierto es que no le faltaba casi de nada para que esta película pudiera ser recordada como otro "clásico" del policíaco español del siglo XXI. Los paisajes gomeros tienen un gran protagonismo, y al principio, gracias a ese entorno físico, todo parece doblemente sugerente y misterioso. Pero, al progresar la acción y resolverse paulatinamente los misterios con los pertinentes vaivenes, todo resulta cada vez más predecible, plano y hasta un poquito vulgar. Quim Gutiérrez, con una  necesaria presencia (protagonista) más que suficiente, tendrá que perfeccionar su dicción. Me tuve que esforzar mucho para intentar comprender lo que decía en algunos momentos; de hecho algunos personajes canarios, aún con su acento local, podían entenderse mucho mejor. 

La puesta en escena de Andrés M. Koppell, por otro lado, es extremadamente correcta, pero
también convencional y aséptica. Poco o nada aporta desde ese lado. Otra película de género
negro a la lista reciente del cine español, pero menos afortunada que La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez , ¡Qué Dios nos perdone! (2016), de Rodrigo Sorogoyen, o Tarde para la ira (2016), de Raúl Arévalo, por citar algunas películas recientes con excelentes resultados artísticos y aceptación crítica.    

Roberto Sánchez

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

lunes, 4 de septiembre de 2017

Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (2017)*

Dir: Guy Ritchie
Int: Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsou, Eric Bana, Aidan Gillen, Freddie Fox, Craig McGinlay, Tom Wu, Kingsley Ben-Adir, Neil Maskell, Annabelle Wallis, Zac Barker, Oliver Barker, Geoff Bell, Poppy Delevingne, Jacqui Ainsley, Bleu Landau, Georgina Campbell, Rob Knighton, David Beckham, Katie McGrath, Michael McElhatton, Mikael Persbrandt.

Guy Ritchie es un director inglés (nacido en 1968) que llamó la atención por la provocadora puesta en escena de películas como Lock & Stock (1998) o Snatch: Cerdos y diamantes (2000). Con una estética deudora de los videoclips ochenteros, demostró (después de su affaire con Madonna) que tampoco era nada del otro mundo. Sin embargo, entre los consumidores de "cine palomitero" ha logrado tener cierta aceptación. En los últimos tiempos parece que se ha interesado, desde su óptica macarra y libérrima, en afrontar a algunos personajes muy conocidos de la literatura británica como  Sherlock Holmes (con dos películas: la homónima, de 2009 y Sherlock Holmes: Juego de sombras, de 2011).

Las mismas intenciones tiene al tratar el mito fundacional por excelencia británico: el legendario Rey Arturo, que en la óptica de Ritchie y la de sus colegas guionistas, Joby Harold y Lionel Wigran, es un chaval, hijo del asesinado rey Uther, criado en los bajos fondos (en un prostíbulo, para más señas) de Londinium. Crecerá rápidamente (y en ese momento será incorporado por Charlie Hunnam),  criándose en las bulliciosas calles de esa ciudad, y convirtiéndose en todo un líder respetado por el lumpen y los "delicuentes habituales" locales. Casi por accidente sacará de la roca la espada de Excalibur, que ya portara su padre, y desde ese momento se verá obligado a tomar algunas duras decisiones. Junto a sus compañeros "pandilleros", algunos fieles a su padre defenestrado y "The Mage" (interpretada eficientemente por Astrid Bergès-Frisbey, una joven actriz de padre español y madre norteamericana), una misteriosa mujer con evidentes poderes mágicos, deberá aprender a manejar la espada, vencer a sus demonios y unir al pueblo para derrotar al tirano Vortigern (Jude Law), su tío, quien robó su corona y asesinó a sus padres antes de convertirse en rey.



Es cierto que la película arranca como un rugido, incluyendo el barritar y la presencia extraordinaria de unos gigantescos elefantes de batalla, invocados por la magia de Mordred ( Rob Knighton) contra Uther (el padre de Arthur, interpretado por Eric Bana), y que en ningún momento Ritchie renuncia a su estilo nervioso, entrecortado en el montaje, esquemático y espectacular en los resultados. 



El producto final es un consumible equivalente a la comida rápida de algunas cadenas multinacionales empaquetada brillantemente, con buen sabor, pero con desechos y basura como contenido. Yo diría que vistos los diez primeros minutos (de un total de 126 minutos), uno ya tiene la suficiente ración de vacío como para abandonar su visionado. Les aseguro que aguanté la sesión hasta el final, deseando poder acrecentar la escasa lista de películas fantásticas recientes que poder salvar en mi lista personal, pero la breve aparición de ese personaje llamado David Beckham (ese que decían jugaba al fútbol y que en realidad siempre tuvo vocación de modelo publicitario), terminó por amargarme el supuesto espectáculo.

Roberto Sánchez

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

viernes, 1 de septiembre de 2017

La seducción (The Beguiled, 2017)***

Dir: Sofia Coppola
Int: Colin Farrell, Nicole Kidman, Kirsten Dunst, Elle Fanning, Oona Laurence, Angourie Rice,  
Addison Riecke, Wayne Pére, Emma Howard, Matt Story, Rod J. Pierce

El arte de la seducción: arma cargada por el diablo

Con idéntico argumento que el filme El seductor, dirigido por Don Siegel en 1971, Sofía Coppola (directora, guionista, actriz y productora, hija menor del gran director de cine italoamericano Francis Ford Coppola, nacida en 1971 en Nueva York) se atreve a dirigir un remake de esta morbosa historia con idéntico escenario y argumento que esa primigenia versión de Siegel.  

Nos trasladamos a 1864, en plena Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), con un terrible enfrentamiento entre el Norte y el Sur. En este contexto, un soldado malherido yanqui decide ocultarse en el bosque con intención de desertar y salvar la vida. Una jovencita que pasea por la zona lo ve y, debido a su estado, se apiada de él y decide llevarlo a la residencia de señoritas donde habita. Al principio, las mujeres sienten miedo y recelan del herido, pero debido a su estado, deciden acogerlo y cuidar sus heridas. Poco a poco, el soldado irá conquistando el corazón de las habitantes de la señorial residencia sureña logrando que la posibilidad de entregarlo a su enemigo, el ejército del Sur, sea cada vez más remota. 



Este argumento debe su germen a la novela de género gótico sureño A Painted Devil de Thomas P. Cullinan. En la versión de 1971 (tercera colaboración entre Siegel y Eastwood), la adaptación de la historia vino de la mano de los guionistas John B. Sherry y Grimes Grice, y, además del absoluto protagonismo masculino de Clint Eastwood, contaba en el lado femenino con actrices de la talla de la gran Geraldine Page, Elisabeth Hartman, Joan Harris y Darleen Carr.  



En la versión de Sofía Coppola, Colin Farrell será quien de vida al apuesto soldado desertor John Mcbarney, mientras que en lado femenino el equipo estará compuesto por Nicole kidman (en una actuación discreta y bastante plana), Kirsten Dunst (a quien la Coppola ya había dirigido en 1999 en Las vírgenes suicidas), cuyo trabajo supera claramente en esta ocasión al de la Kidman y, por último, una excelente Elle Fanning que, a la edad de diecisiete años, cumple a la perfección encarnando su personaje en la novela (de idéntica edad). Farrell pierde claramente la batalla comparativa con un Eastwood carismático y en estado de gracia, y que si se revisan ambas versiones, lo barre de la pantalla. Con todo, en el contexto actual, Farrell era la opción menos mala, por encima de "guaperas" con músculo al estilo Ben Affleck o Mark Walhberg. 



A favor de Sofía Coppola (a pesar de haber contado con el apoyo de producción de papá Coppola y sus Zoetrope Estudios) la valentía y el riesgo (sello de esta cineasta de casta) para ambientar con el máximo de realismo esta truculenta historia, apoyada en una fotografía de Philippe Le Sourd que, en interiores, con la única iluminación de la luz de las velas, dota a las escenas de un tenebrismo que la conecta casi, a nivel estético, con el terror gótico. En contra, la inevitable comparación con el film de Siegel y la perfecta química entre Clint Eastwood, y el que fue uno de sus mentores en el oficio de dirigir, como con sus compañeras de reparto femeninas, y el sólido guión de Sherry y Grice sobre la novela de Cullinan, que hacen de El seductor una obra maestra sin paliativos, en la que un ambiente cargado de sensualidad y morbo malsano impregna toda la cinta.  



Sofía Coppola, que descubrió a Kirsten Dunst en Las vírgenes suicidas (1999), su primer y exitoso largometraje, y a Elle Fanning en Somewhere (2010), se revela como una buena directora de actrices, siendo para mí su mejor trabajo hasta la fecha el que realizó dirigiendo a Scarlett Johansson y a Bill Murray (Lost in Traslation, 2003); una fábula moderna sobre la soledad, la crisis de la madurez, sobre los vacíos existenciales que unirán a dos personas independientemente de su diferencia de edad. En Somewhere, Sofía siguió explorando los vacíos existenciales que se escondían bajo una aparente vida de éxito y lujo. Vacío que, en el caso de La seducción, viene reforzado por la carestía amorosa y sentimental que embarga a las habitantes de ese internado sureño y que, tras la irrupción del elemento masculino, prende la mecha de una bomba de relojería que estallará irremisiblemente. 

Estamos ante, como he apuntado anteriormente, un trabajo serio y valiente, que de no existir el original y anterior de Siegel protagonizado por un Eastwood en estado de gracia (un hombre de cine que ha derrochado talento delante y, posteriormente, detrás de las cámaras) habría seguramente alcanzado mayor notoriedad y un mayor número de elogios. No obstante, el festival de Cannes de este año la premió con el galardón a la mejor dirección. 

El cine ha tratado la figura del seductor (como el filme homónimo dirigido por Franco Rossi en 
1954) en diversas historias, siendo la más similar a ésta (aparte de la de Siegel) La seducción (en España titulada Víctima de la seducción, 1981) del mexicano Arturo Ripstein, película de mayor calidad para mí junto con la de Don Siegel. Un tema universal que, desde el “amor cortés” en la Edad Media, ha dado mucho de sí y seguirá dando tanto en la literatura como en el cine. Así que, si el arte de la seducción les atrae, la telaraña tendida por Sofía Coppola será de su agrado. Eso sí, la vida a mediados de 1800 tenía un ritmo muy muy reposado, así que tómenlo con calma.

 Gonzalo J. Gonzalvo

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox-

jueves, 24 de agosto de 2017

Atómica (Atomic Blonde, 2017)***

Dir: David Leitch
Int: Charlize Theron, James McAvoy, Eddie Marsan, John Goodman, Toby Jones, James Faulkner, Roland Møller, Sofia Boutella, Bill Skarsgård, Sam Hargrave, Jóhannes Haukur Jóhannesson, Til Schweiger, Barbara Sukowa 

Esta rubia es una bomba

Película refrescante y veraniega que adapta la novela gráfica The Coldest City, creada 
por el exitoso Antony Johnston y cuyo protagonista es esta “Atomic Blonde” o rubia atómica magníficamente encarnada por Charlize Theron, verdaderamente impresionante a sus cuarenta y dos años. Pocas novelas gráficas se han adaptado al cine con éxito. Quizá el referente más recordado sería Sin City, rodada en 2005 con un trío de ases: Robert Rodríguez, Quentin Tarantino y el propio Frank Miller, su creador en tinta y papel. 

La historia que nos cuenta Atómica, nos devuelve a finales de los ochenta, a los coletazos de la Guerra Fría, cuando las dos "Alemanias", la Oriental y la Occidental, estaban separadas por un terrible muro fortificado y militarizado que estaba a punto de caer. En Noviembre de 1989, mientras cae el muro de Berlín, una agente de élite llamada Lorraine Broughton, experta en lucha cuerpo a cuerpo, es enviada para recuperar una lista de alto secreto que contiene los nombres de todos los agentes encubiertos británicos que se mueven por la peligrosa zona oriental. Dicha lista ha sido robada por un agente ruso a un agente del MI6 al que ha asesinado. El contacto de Lorraine en Berlín será David Percival, un fabuloso James McAvoy al que hace no mucho pudimos ver en la piel del inquietante protagonista de Múltiple (M. Night Shyamalan, 2016). La lista de marras, ubicada en un pequeño microfilm, es lo que el maestro del suspense, Alfred Hitchcock, denominaba un “McGuffin”, y que se utiliza para hilvanar y dar sentido a la historia. Toda una maraña de agentes del KGB, MI6 y la CIA, amén de la STASI (la que fue terrible policía secreta de la Alemania Oriental) van tras la lista, y tras un agente tránsfuga alemán que posee preciada información y al que Lorraine Broughton tendrá que proteger para sacarlo fuera de Berlín. 



El filme transcurre con una acción adrenalítica y sin un segundo de aburrimiento o respiro para el espectador, por o que resulta extremadamente entretenido, con esa mezcla de atmósfera de cómic y thriller. 

Dentro del reparto, Sofía Boutella se luce en un papel de mayor entidad que el que realizó  en la reciente y penosa versión de La momia de Universal, donde no obstante hacía ya gala de su poderosa sensualidad y belleza. Las escenas entre la Theron y la Boutella hacen saltar chispas en las butacas y, les puedo asegurar, que anulan el poder del aire acondicionado de la sala durante esos instantes. El veterano John Goodman, como siempre sólido, aparece en un papel secundario que aporta un caché añadido a la película, interpretando a Emmett Kurzfeld, un jefazo de los servicios secretos. 



El director, David Leicht, casi un neófito, impactó con su primer largometraje John Wick (2014), un thriller de acción, demostrando ya su buen manejo del tempo narrativo en el género. Tras esta “Atómica”, Leicht afronta el proyecto de la segunda parte de Deadpool, prevista para 2018, continuación de la parodia de superhéroes mutantes que producirán, al alimón, los Estudios Marvel y la 20th Century Fox, y cuya primera parte recaudó, de la mano de Tim Miller, más de 780 millones de dólares. 

Con Atomic Blonde, Leicht consolida su estilo y consigue uno de los filmes de acción más entretenidos de este verano junto con Baby Driver, ya comentado en su estreno en esta  revista digital cinematográfica. 

Capítulo aparte merece la excelente banda sonora coordinada por Taylor Bates, plagada de fantásticos temas de los años ochenta, entre los cuales podemos disfrutar del “Cat People” de David Bowie (guiño a esa mujer pantera de Schrader que a su vez versionaba el clásico de Jacques Tourneur), el “Killer Queen” de Queen; “Personal Jesus” de Depeche Mode, “Londong Calling” de The Clash, “Father Figure” del malogrado George Michael. Además, temas de otros grupos míticos como Duran Duran, The Cure y claro, no podía faltar el “Atomic Blonde” de Blondie, otra rubia atómica de los escenarios en los ochenta. 

La fotografía de Jonathan Sela, con quien el director ya trabajó en su John Wick imprime una clara estética ochentera y revela una habilidad ya mostrada en Max Payne (2008, de John Moore), otro filme de estética muy afín con el cómic. 



Atómica” cuenta pues con todos los ingredientes para entretener en un filme sin aliento, con unas peleas magníficas en las que Charlize Theron muestra toda su belleza y, al mismo tiempo, peligrosidad letal. La música es también en un excelente hilo narrativo vertebrador que, especialmente, a los que nos gusta esa década a nivel musical y cinematográfico, convierten al film en un verdadero deleite. Una historia de espías repleta de adrenalina que se disfruta de principio a fin y, además, Charlize Theron vuelve a demostrar que, además de hermosa, se come la pantalla y borda cualquier tipo de papel. Eso sí, si están intentando dejar de fumar llévense un buen paquete de chicles...y es que en los ochenta se fumaba...y de qué manera...

Gonzalo J. Gonzalvo

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-