jueves, 27 de febrero de 2020

Judy (2019)***

Dir: Rupert Goold
Int: Renée Zellweger, Jessie Buckley, Rufus Sewell, Finn Wittrock, Michael Gambon, Bella Ramsey, John Dagleish, Gemma Leah Devereux, Gaia Weiss, Andy Nyman, Fenella Woolgar, Phil Dunster, Julian Ferro, Royce Pierreson, Lucy Russell, Philippe Spall, Kate Margo

El ocaso de una estrella.                      

He querido titular este artículo sobre una película que trata la última etapa vital de esa gran actriz y cantante que fue Judy Garland, para hacer un guiño al filme (de igual título en España) que dirigió Sidney J, Fury allá por 1972, y que retrataba la trágica vida de Billie Holyday. Sin querer ahondar en los paralelismos ni en las diferencias vitales de ambas artistas (las dos fueron adictas e infelices), ambos son excelentes biografías cinematográficas, y sus actrices protagonistas (Diana Ross y Renée Zellweger) estuvieron nominadas al Oscar, el Globo de Oro y el Bafta. No cabe duda de que, tanto al público como al propio Hollywood, le gusta recrearse en las vidas desgraciadas de muchas de sus estrellas (los ricos también lloran), en un alarde artístico por exponer públicamente las miserias de esos astros del cine idolatrados por el público. 


En esta Judy, y vaya por delante que opino que la Zellweger está magnífica y la dorada estatuilla la tiene bien merecida, no he podido evitar recordar de continuo (durante y después de su proyección) a una obra maestra de George Cukor (gran director de actrices) titulada Ha nacido una estrella (A Star is Born, 1954). Como una curiosa paradoja, ambos filmes se hermanan y retroalimentan, con una transmutación del personaje masculino del filme antiguo (un James Mason que interpreta a Norman Maine, un actor alcohólico y en el ocaso de su carrera) en el protagonista femenino de Judy, una Judy Garland igualmente adicta y en caída libre. De este modo, ambos filmes coinciden a la perfección en ese retrato del juguete roto de Hollywood. En esas estrellas creadas a la medida de un Star System despiadado y salvaje en el que solo importaba el dinero y el éxito para grandes estudios como la Metro Goldwin Mayer. En Ha nacido una estrella, Judy Garland está espléndida haciendo de sí misma y, aunque su papel encarna el éxito, si la observamos con detenimiento, podremos ver esa tristeza y melancolía que destila el rostro de una estrella explotada desde mediados de los años treinta. 



Salvando las distancias físicas e interpretativas entre ambas (Garland y Zellweger), hay que reconocer que el trabajo e identificación de Renée con la Garland, raya en gran altura. Tanto es así que su protagonismo se come a todo lo que la rodea, y sólo cuando otra actriz (Darci Shaw) hace de aquella Judy Garland niña, explotada, torturada y esclavizada hasta límites insospechados, nos damos cuenta de que existen otros personajes en el filme y la trayectoria vital de la diva (como ese terrible demiurgo, con un perenne puro en la boca, llamado Louis B. 
Mayer, al que da vida un ominoso Richard Cordery).


Si, además, tenemos en cuenta que la Zellweger interpreta y canta por sí misma temazos de la Garland como “Somewhere Over the Rainbow” o “The Trolley Song” (conste que en el musical Chicago, en 2002, de la mano de Rob Marshall, ya sorprendió y dio la talla como artista musical, su mimetización en esa última etapa vital de aquella estrella que se estaba apagando, es completa y brillante.

Con unas cuidadas fotografía y ambientación, a las que se añade una banda sonora que hará las delicias de los amantes del musical clásico norteamericano,  Judy se erige en un melancólico y respetuoso homenaje a esa gran estrella que nos alegró con su voz y su mirada pizpireta tantas tardes de cine en la pequeña pantalla de nuestras casas. Porque para mí, esa encantadora Judy Garland siempre será esa despierta niña que, con sus pequeños zapatos de charol, seguía aquel mágico camino de baldosas amarillas….Hasta alcanzar el arcoíris… y más allá.




GONZALO J. GONZALVO