lunes, 20 de marzo de 2023

Sick of myself / Syk pike (2022)***

 Dir: Kristoffer Borgli

Int: Kristine Kujath Thorp, Eirik Sæther, Fanny Vaager, Fredrik Stenberg Ditlev-Simonsen, Anders Danielsen Lie, Sarah Francesca Brænne, Ingrid Vollan, Henrik Mestad, Steinar Klouman Hallert, Andrea Bræin Hovig, Seda Witt, Terje Strømdahl, Anne Kokkinn, Erlend Mørch, Guri Hagen Glans, Nanna Lundevall, Frida Natland, Elisabeth Bech  Aschehoug, Mathilda Höög.



Una sociedad enferma de sí misma

Sick of myself o Syk pike, en su título original, nos presenta a Signe y a Thomas, una joven pareja noruega residentes en Oslo que mantiene una relación malsana y competitiva. Cuando Thomas obtiene cierta notoriedad como artista en los medios, la reacción de Signe consistirá en reinventarse a sí misma como un nuevo personaje en las redes y tratar a la desesperada de llamar la atención y suscitar la admiración y el seguimiento de las masas.

Signe (Kristine Kujath Thorp), la protagonista, en la interesante ópera prima de Kristoffer Borgli realizada en 2022, es un vivo ejemplo de hasta qué extremos están llegando muchas personas en esta sociedad de la segunda década del siglo XXI con tal de figurar y ser o hacerse famosas/os en un tiempo record. Hasta tal punto llega la obsesión por ser una persona reconocida y popular, que más de uno llega a hacer burradas que pueden poner en peligro incluso su salud y propia existencia. Todo vale con tal de ganar likes y notoriedad.  Pues está claro que no. No todo vale en la vida para triunfar. Utilizando la ironía, el cineasta noruego se vale de la historia personal de una chica que no soporta pasar desapercibida, y de su odisea individual en pos del éxito social y económico, para lograr una historia universal con una mezcla de drama y comedia negra. 


Syk pike es una “dramedia” con ese característico sello nórdico que nos están mostrando en los últimos años 
cineastas daneses, suecos y noruegos. 

Recientemente el cine nórdico ha dado títulos muy notables, como las excelentes Otra ronda (Druk, Thomas Vinterberg) y La peor persona del mundo (Joachim Trier, 2021), un filme que estuvo nominado al Óscar el año pasado, y que ya exploraba las repercusiones del egoísmo y egocentrismo que parecen caracterizar a los individuos de la generación millennial y posterior (la llamada “Z”). Generaciones obsesionadas con la repercusión de las redes sociales, más preocupadas por la notoriedad mediática y la existencia virtual, que por la propia realidad, y ávidas de conseguir para sus vidas el éxito económico y la fama en el periodo de tiempo más corto posible y al coste personal que sea.



Sick of myself se erige también, de manera indirecta, en una plataforma de crítica sobre los riesgos y el lado oscuro de esa red inabarcable, y a la que no se pueden poner límites legales, denominada Internet y que, como todo en la vida, se puede usar tanto para lo bueno como para lo malo.

La protagonista de este largometraje noruego (muy bien Kristine Kujath) soporta el peso de un papel que muestra y desgrana el proceso de bajeza moral a la que puede llegar un ser humano con tal de conseguir sus metas, transformando su bello rostro de mujer joven en un deformado y metafórico retrato, en versión femenina, de un "Dorian Gray” con el que guarda muchas similitudes. El narcisismo, la egolatría y la vanidad son tres pilares de uno de los cánceres sociales más evidentes de nuestro tiempo. En el fondo siempre han estado ahí, acompañando a la ambición humana en su tortuoso camino de autodestrucción y, de ahí, la larga tradición literaria y cinematográfica que lo ilustra, pero el cada vez mayor peso de las redes sociales en la vida de los individuos (en detrimento de una vida real y no digital), una vida falsa y sin verdaderos cimientos, basada en realidades tamizadas y virtuales, cuando no en metaversos, está teniendo ya consecuencias tan reales como terribles, provocando suicidios en jóvenes y adolescentes que no soportan un ápice de frustración, así como un incremento de la violencia y de las agresiones sexuales, grabadas y emitidas públicamente a través de alguna de estas redes.


Sick of myself es más que un triste retrato de unas generaciones educadas en el éxito rápido en lugar de 
en la cultura del esfuerzo, el tesón y la paciencia; los únicos ingredientes que han posibilitado, desde siempre, las bases para la consecución de las metas y el éxito social. 

Sick of myself contiene, además, un claro homenaje a Les yeux sans visage (Los ojos sin rostro) uno de los filmes más inquietantes y perturbadores del cine francés, que firmó, en 1960, el director galo Georges Franju, y que el cineasta manchego Pedro Almodóvar también rescató para cimentar La piel que habito (2011). 

Tantas veces se habla de que limitar Internet sería como poner “puertas al campo”, pero algo habrá que hacer para introducir códigos éticos en muchas de esas redes sociales que están resultando absolutamente dañinas y engañosas para esta sociedad y sus individuos. Una sociedad cada vez más atosigada de información y de estímulos visuales, pero cada vez más desorientada y carente de valores, principios y asideros éticos y morales para transitar por la vida. 

Kristoffer Borgli ya prepara su salto a Estados Unidos, de la mano de la productora del cineasta Ari Aster, con Dream Scenario, filme que protagonizarán Nicolas Cage y Julianne Nicholson,entre otros.

Por último, decirles que si les gustó la ya citada La peor persona del mundo, filme, a mi entender, mucho más redondo y de peso que este, Sick of myself también les va a proporcionar un buen rato de entretenimiento y, por qué no, también de reflexión, acerca de hacia dónde vamos en esta sociedad cada vez más desnortada y carente de valores.

GONZALO J. GONZALVO

Escritor y Crítico de Cine

martes, 7 de marzo de 2023

The Quiet Girl (An Cailín Ciúin) (2022)****

 Dir: Colm Bairéad

Int: Catherine Clinch, Carrie Crowley, Andrew Bennett, Michael Patric, Kate Nic Chonaonaigh, Carolyn Bracken, Joan Sheehy, Tara Faughnan, Neans Nic Dhonncha, Eabha Ni Chonaola.


La sombra de John Ford es alargada. 

Sorprendente opera prima del director irlandés Colm Bairéad, con guion suyo y de Claire Keegan, basado en su novela Foster, y que nos traslada a 1981, en la Irlanda rural. Cáit es una reservada niña de nueve años, desatendida por unos padres de familia numerosa. En silencio, afronta las dificultades, tanto en la escuela como en casa, y ha aprendido a pasar desapercibida. 

Cuando llega el verano y se acerca la fecha del nuevo parto de su madre, Cáit es enviada a vivir con una prima de su madre. Sin saber cuándo volverá a casa, se queda en el hogar de unos desconocidos sin más pertenencias que la ropa que lleva puesta. Poco a poco, y gracias a los cuidados de esa familia, Cáit realiza notables progresos y descubre una nueva forma de vivir en una casa donde no parece haber secretos.

The Quiet Girl y The Quiet Man, que conocemos en España como El hombre tranquilo (John Ford, 1952), no solo tienen en común ese guiño en su título, amén de una maravillosa fotografía que retrata las verdes zonas rurales de Irlanda.



"La niña tranquila" contiene esa magia que hace que una, en apariencia, pequeña película, crezca en cada fotograma, en cada escena, hasta hacerse grande, cine con mayúsculas.



John Ford, uno de los cineastas más importantes de la historia del séptimo arte (y al que Spielberg hace un pequeño homenaje en la maravillosa The Fabelmans) era el menor de trece hermanos de una familia de emigrantes irlandeses en busca del sueño norteamericano. En sus películas, hay una simbiosis perfecta entre los paisajes y la lucha de sus protagonistas ante situaciones vitales hostiles que les desbordan, con un concepto visual y narrativo novedoso, con aportes de una poesía fílmica y una belleza pictórica que lo consagraron como uno de los mejores narradores visuales. No quiero con esto poner al debutante Colm Bairéad a la altura de John Ford, lo que deseo con ello es exponer una serie de similitudes y virtudes que hacen de The Quiet Girl, una obra casi maestra.

Y es que An Cailín Ciúrin (título original en gaélico irlandés) es una película llena de sensibilidad y de detalles, en la que la contención y el silencio, sabiamente dosificados por una dirección, un montaje y  guion soberbios, logra un resultado realmente sorprendente, aunque muy alejado del ritmo narrativo y de los esquemas comerciales que suelen gustar al gran público. No es, por tanto, The Quiet Girl, una película para quienes busquen cine comercial o de consumo palomitero, sino un producto artístico de primer orden que todos los cinéfilos/as y amantes del buen cine sabrán paladear y disfrutar desde el primer fotograma hasta el último. 



La pequeña Cáit, interpretada, de forma magistral por la también debutante Catherine Clinch, con esa misma contención, (“es una niña que emplea las palabras justas”, así la definirá uno de los personajes clave en su proceso de cambio y crecimiento personal), consigue emocionar al espectador sin acudir a los habituales recursos fáciles, con una sobriedad que, en determinadas escenas, sobrecoge por su veracidad.

Hay también en An Cailín Ciúrin, ecos de esas infancias desvalidas y sumidas en la pobreza que tan bien retrató el escritor Charles Dickens en su novela Oliver Twist, magistralmente adaptada a la pantalla por el cineasta David Lean en 1948. Unos personajes tan huérfanos de afecto y humanidad que, atacados también por la pobreza, intentan salir adelante sacando fuerzas de flaqueza y enfrentándose a todo con una dignidad personal indestructible. 

Colm Bairéad, consigue crear un cuento moderno ambientado en la década de los ochenta del siglo veinte, un cuento sobre la importancia de los afectos en la infancia, tan duro como conmovedor, dotado de una delicadeza poco común, lleno de generosidad y sensibilidad, austero y, a la vez, profundo, que retrata a la perfección los golpes de la vida (como el pequeño Antoine Doinel en la también magistral Los 400 golpes (François Truffaut, 1959) , y en el que el espíritu de supervivencia vence frente al desamparo, de un modo absolutamente hermoso.

The Quiet Girl se las tendrá que ver, en la lucha por el Oscar 2023 a la “mejor película extranjera”, con Argentina 1985 (Santiago Mitre, 2022), Sin novedad en el frente (Edward Berger, 2022), la belga Close (Lukas Dhont, 2022), que también ahonda en los dramas de la preadolescencia); y con EO (2022), del cineasta polaco Jerzy Skolimowski; pero resulte o no ganadora de este importante galardón, que sin duda sería para su autor y todo el equipo de la película, un respaldo y una proyección internacional impagables, se merece, desde luego, que todo espectador que desee disfrutar del buen cine, se refugie en la oscuridad de la sala para asistir a una de esas ocasiones en las que, el cine y el arte se dan la mano. Unas salas en las que, como en The Quiet Girl, la soledad, comienza a resultar algo dramático y preocupante. 

La misma soledad y falta de público que uno se encuentra en exposiciones, en galerías de arte, etc. El arte, en este convulso siglo veintiuno, sobrevive, con cada vez mayor dificultad, en los pocos reductos que le quedan. Pero lleva siglos existiendo, y lo seguirá haciendo, a pesar de que una sociedad adormecida por la inmediatez, por el ruido, por la avalancha de estímulos digitales y por la confusión generada por montañas de información y desinformación, le hace pensar que podrá seguir adelante prescindiendo del arte. Si usted es de esas personas que, por el contrario, piensa y cree firmemente que apreciar el arte forma parte de su transitar por la vida, no se pierda An Cailín Ciúrin  , y sus apreciables ecos fordianos.

GONZALO J. GONZALVO

viernes, 24 de febrero de 2023

Los Fabelman (2022)****

 Dir: Steven Spielberg

Int: Michelle Williams, Paul Dano, Gabriel LaBelle, Seth Rogen, Judd Hirsch, Mateo Zoryon Francis-DeFord, Julia Butters, Jeannie Berlin, Oakes Fegley, David Lynch, Robin Bartlett, Gabriel Bateman, Nicolas Cantu, Sam Rechner, Chloe East, Isabelle Kusman, Jonathan Hadary, Sophia Kopera, Birdie Borria, Alina Brace, Keeley Karsten, Chandler Lovelle.


El largo idilio de Steven Spielberg con el cine.

Steven Spielberg es hoy día uno de los cineastas norteamericanos más reconocidos por público y crítica. Tiene en su haber tres Óscar y más de trescientas nominaciones desde que El diablo sobre ruedas (Duel, 1971). Más de sesenta trabajos fílmicos hasta llegar a The Fabelmans, en los que el director, guionista y productor (nacido en Cincinnati en 1946), ha declarado su amor por el cine en más de un largometraje. 



Ahora, a tres de cumplir ochenta años, Spielberg recurre al infalible muelle emotivo de la nostalgia para plasmar su particular declaración de amor al séptimo arte, al mismo tiempo que nos narra, su historia familiar personal, a través de los ojos de Sammy Fabelman, un niño judío con una gran creatividad.



Ambientada, tras la segunda guerra mundial, entre la década de los cincuenta y principios de los años sesenta, Los Fabelman es un filme autobiográfico sobre la infancia y adolescencia del que se convirtió en “Rey Midas de Hollywood”. Sammy Fabelman, un niño de Arizona crece influido por su una madre artista (interpretada por Michelle Williams), y su padre, de mente científica, (Paul Dano); descubre un secreto que puede destruir su familia y explora, al mismo tiempo, cómo hacer películas puede ayudarle a entender la vida y a forjar su propia personalidad.



Sammy descubre el poder de la magia del cine dirigiendo a otros chavales en una película bélica amateur, y también el poder de las imágenes para que surjan en el espectador emociones que consiguen llegar al corazón. Pero también descubre que ese poder, como los poderes de los súper héroes, también se puede utilizar para destruir y para ejercer la venganza. Esto le planteará dilemas morales, especialmente con su propia familia. 

El poder de las imágenes, y cómo ejercerlo, se convierte así en uno de los temas fundamentales que vertebran toda la historia de The Fabelmans. En títulos anteriores como E.T. El extraterrestre (1982) o A. I. Inteligencia artificial (2001), Spielberg plasmó ya otra de sus obsesiones, el anhelo de haber tenido un amigo imaginario de naturaleza fantástica o extraterrestre; hecho este que revela que la infancia del cineasta, a pesar de la presencia de su familia, estuvo marcada por cierto aislamiento protector que, sin duda alguna, fomentó su individualismo y enorme creatividad e imaginación. En ese microcosmos familiar de Los Fabelman, la parte artística (encarnada por una maravillosa Michelle Williams varias veces nominada al Óscar) gana de largo a la otra parte, la analítica y racional representada por la mente de ingeniero informático de su padre (encarnado de manera solvente por Paul Dano).



Hay en el filme, además, distintos guiños y homenajes, en especial al western y a la figura del gran cineasta John Ford (con cameo de un irreconocible David Lynch). También guiños paródicos a filmes propios, como Salvar al soldado Ryan (1998), cuyo germen bien podría haber sido el filme bélico que Sammy Fabelman realiza con ayuda de sus compañeros scouts.

The Fabelmans tiene siete nominaciones de cara a la casi inminente gala de los premios Oscar de este 2023, incluyendo la banda sonora, como siempre magnífica, del veteranísimo y archi-premiado John Williams, y el guion escrito, al alimón, por Tony Kushner y el propio Spielberg. El veterano Judd Hirsch, que encarna al tío Boris (una figura de conexión artística y apoyo claro al sueño de Sammy Fabelman de convertirse en un gran cineasta), también suena como posible ganador en la categoría de mejor actor secundario o de reparto. 

Steven Spielberg, a estas alturas, con varios Oscar ya en su haber (entre ellos, el recibido en 1994 por haber dirigido la maravillosa La lista de Schindler (1993) y por la ya citada y brillante Salvar al soldado Ryan, no es un director que tenga que ser reconocido por la academia de Hollywood. Tampoco por parte del público, que siempre responde a sus trabajos rompiendo la taquilla y convirtiendo en “blockbusters” la mayoría de sus trabajos. En cuanto a la crítica, habrá quien, dada la faceta claramente comercial de la mayoría de sus largometrajes, le pueda restar prestigio como “cineasta con sellos de autor”. Spielberg, sin embargo, siempre ha tenido claro que el séptimo arte, es también una industria rentable con la que se puede llegar a ganar mucho dinero. 

Imaginación, creatividad, una brillante y gran técnica a la hora de rodar y plasmar en la gran pantalla sus historias. Esos son los ingredientes del cóctel del éxito que, desde hace ya más de cincuenta años, lleva saboreando este gran director que, sin duda, es ya historia viva del cine. 

Ojalá el tiempo y la vida nos permita seguir disfrutando de su arte unos cuantos años más. Porque el día que se nos vaya Steven Spielberg, varias generaciones nos quedaremos huérfanos del padre de Indiana Jones, de E.T y de todos esos maravillosos seres salidos de su portentosa imaginación. Así que, larga vida al Rey Midas del celuloide.

GONZALO J. GONZALVO

Escritor y Crítico de Cine.

Steven Spielberg, el mago sigue muy vivo

Spielberg tiene 76 años y ha decidido en esta película contarnos su infancia y adolescencia. En cifras, su trayectoria es apabullante. La página IMDB (en general fiable), cuantifica sus intervenciones como cineasta en: 60 como director, 184 como productor y 27 como guionista. Además de unos rendimientos económicos muy altos que lo han convertido en "El rey Midas del Cine", hay que sumar que, en general, la crítica especializada también suele respetar y alabar algunas de sus películas más personales e intimistas. 

Confieso que yo no tenía grandes esperanzas puestas en Los Fabelman. Aunque no todas las películas de Spielberg son obras maestras, a mi, ya hace muchos años, no me cuesta reconocer que probablemente sea unos de los más importante cineastas americanos vivos. Un creador que está situado en el Olimpo exclusivo de los mejores de la historia del cine (y del audiovisual) mundial. 



Empezaba este comentario hablando de cómo Spielberg, apoyándose en Tony Kushner, un guionista de confianza con el que ha trabajado en Múnich (2005), Lincoln (2012) o su reciente revisión de West Side Story (2021), realiza un viaje a la infancia que nos permite entender la génesis de un cineasta irrepetible. Nos permite a los pocos creyentes que quedan de la "religión cine", conocer algunas de las claves que pueden motivar (o todo lo contrario) a un ser humano a convertirse en un excelso creador de historias en movimiento, un apasionado creador de mundos. Hay otra clave que incluso es convertida en frase promocional y que se repite en los carteles: "captura cada momento". 

El repaso a la infancia y adolescencia nos permite conocer el conjunto de situaciones vivenciales, en cierta medida azarosas, que explican a un creador. 



El tono sentimental del que nunca ha renegado Steven Spielberg (al que siempre ha sacado un gran rendimiento), y que en mi caso ha sido ocasionalmente un lastre para elevarlo a los altares; al contarnos la vida de su alter ego Sammy Fabelman no me ha molestado, sino todo lo contrario. Es más, me parece el más apropiado para una evocación personal que además nos explica la importancia del arte cinematográfico durante el siglo XX e inicios del XXI. Por cierto, ese encuentro con John Ford / David Lynch, es uno de esos momentos llenos de magia, pero reservado a los auténticos creyentes que lo disfrutaran doblemente. Hay muchos guiños dirigidos a ellos, y a quien haya perdido la fe, le recomiendo que vea esta película del mago Spielberg, probablemente entenderá mejor al cineasta y a sí mismo; y por qué seguimos apasionándonos por esas historias que suceden en el territorio de los sueños audiovisuales.

Roberto Sánchez.


lunes, 6 de febrero de 2023

La ballena (The Whale) (2022)***

 Dir: Darren Aronofsky

Int: Brendan Fraser, Sadie Sink, Hong Chau, Ty Simpkins, Samantha Morton, Sathya Sridharan, Jacey Sink



Aronofski regresa a las pantallas con el alter ego intelectual de El luchador.

Vaya por delante que aunque algunos de sus trabajos no me enloquecen, hay varias películas de Darren Aronofski que me parecen obras sobresalientes, entre ellas, Réquiem por un sueño (2000), El luchador (2008), filme que supuso un regreso triunfante de Mickey Rourke y Cisne negro (2010), para mí, su obra maestra hasta la fecha. Solo por esos títulos estamos, sin duda, ante un cineasta de primera línea. 

El cine de Aronofski tiene ese inconfundible marchamo de autor y, al igual que ocurre con otros creadores, hay en sus trabajos una serie de temas troncales recurrentes que sustentan la mayoría de sus películas: el dolor, la fragilidad del individuo a causa de las adicciones o de la propia enfermedad mental, el sentimiento de culpa y, sobre todo, la redención. 

Entre La ballena y El luchador hay una serie de paralelismos indudables. Ambos protagonistas, son dos adictos. Randy “The Ram” a los anabolizantes, analgésicos y otras drogas, y Charlie, (encarnado por un sobrecogedor Brendan Fraser), a la comida basura, en especial a las pizzas a domicilio y al pollo empanado y grasiento. Ambos tienen un conflicto vital y personal con sus hijas adolescentes (excelentes, en ese rol de hijas rebeldes, tanto Sadie Sink, la famosa “Max” de “Stranger Things”, como Evan Rachel Wood, en los papeles respectivos de Ellie, la hija adolescente de Charly, y Stephanie, la combativa hija de Randy), y los dos buscan, por encima de todo, el perdón y la redención. 



Charlie (Fraser), es un profesor de inglés que, tras una importante pérdida personal, ha entrado en una espiral de autodestrucción a través de la ingesta descontrolada de comida. Randy “The Ram” buscaba el dolor de las peleas de lucha libre como vehículo para purgar sus culpas y alcanzarla. En el caso de Charlie, el dolor viene dado por sus muchas limitaciones físicas y su elevadísimo peso. Ambos ponen a su organismo al límite de lo soportable. Lo que diferencia fundamentalmente a Charlie de Randy, es, no solo la fuerza física, sino su carácter intelectual. Se podría decir que Charlie (la ballena) es un “alter ego” de Randy “The Ram” y, aunque son personas diferentes, en lo sustancial son muy parecidos. 




Hay en La ballena una realidad descarnada que hace que Brendan Fraser se luzca con un papel en el que ha entrado de lleno en la quiniela de los Oscar de este año. La actriz tailandesa Hong Chau, que encarna a Liz, la enfermera y amiga que cuida de Charlie, también está nominada como mejor actriz secundaria. 

Aunque Fraser transmite, a través de su personaje, lástima y ternura a partes iguales, en algunas escenas, su personaje (engordado a través de efectos especiales de maquillaje y prótesis especiales) raya en lo grotesco, y se echa en falta algo más de sutilidad y menos complacencia en lo desagradable del personaje. Quizá no hubiera sido necesario engordar tanto con efectos a su protagonista, y eso lo hubiese dotado de más humanidad y menos artificio. No hace falta aparentar trescientos kilos para hacer creíble al personaje.

Con guion de Samuel D. Hunter, el propio autor de la novela en la que se basa la película, The Whale es también una metáfora y un guiño a esa búsqueda enfermiza, rayando en la locura, de ese “Capitán Ahab” en busca de la ballena blanca asesina. Un “Moby Dick” que, como en la novela de Herman Melville, en el fondo, no es otra cosa que el símbolo de sus propias inseguridades, obsesiones y miedos. En ese sentido, Charly es, al mismo tiempo, Ahab y la ballena, y ambos intentan exterminarse, por lo que solo cabe un desenlace a ese terrible conflicto interno. 

Para mí, La ballena no estaría entre los mejores filmes de Aronofski, aunque el trabajo de Fraser es realmente impactante, y es de esos papeles que gustan a los académicos de Hollywood, así que es bastante posible que se lleve a casa la dorada y codiciada estatuilla de este año, aunque antes tendrá que batirse el cobre con el maravilloso “Elvis” encarnado por Austin Butler, y también con Colin Farrell, Paul Mescal y Bill Nighty. 

La ballena, tras su visionado, deja en el espectador la sensación (al menos a mí me pasó claramente) de que podría haber sido aún una película mucho mejor. En El luchador, encontramos en el personaje protagonista muchos más matices y aristas, pues el Randy construido por Rourke es mucho más poliédrico y magnético y atrapa al espectador con mucha más fuerza. Fraser convence, pero su personaje le marca quizá demasiados límites. Con Randy “The Ram”, el espectador empatiza desde el principio hasta el final, cosa que no ocurre con el obeso Charly. A pesar de ello, Darren Aronofski, sigue siendo un cineasta muy a considerar, y habrá que estar atentos a Adrift, un filme de terror que va a protagonizar el oscarizado Jared Leto, con dirección y guion del propio Aronofski y de Luke Dawson (con el que Aronofski ya colaboró en Pi, fe en el caos (1998), y basado en una obra de Koji Suzuki, autor de las estupendas novelas The Ring (1991) y Dark Water (1996), con varias adaptaciones cinematográficas.

GONZALO J. GONZALVO

Escritor y Crítico de Cine

jueves, 2 de febrero de 2023

El “Hollywood Babilonia” de Damien Chazelle. Por Gonzalo J. Gonzalvo


No cabe duda de que la obra Hollywood Babylon (editada por Tusquets en España en 1985) escrita allá 
por 1959 por el polémico cineasta y escritor Kenneth Anger, estaba bien presente en la mente del joven cineasta Damien Chazelle a la hora de elaborar su personal Babylon, uno de los estrenos más potentes del nuevo año 2023.




Chazelle impresionó favorablemente a crítica y público con la, para mí, excelente, Whiplash (2014). Un filme vibrante, con el jazz como telón de fondo, surgido de un cortometraje de homónimo título premiado en el festival de Sundance un año antes. En 2016 llegó otro importante éxito internacional para él con La La Land, película en la que Chazelle dejaba bien patente su pasión por el musical y por las historias ambientadas en Hollywood, esa controvertida y cruel fábrica de sueños, en su mayoría rotos en mil pedazos.



Babylon comienza, como decía Cecil B. DeMille (sin duda, otro referente para el filme), como un verdadero terremoto que hace temblar el patio de butacas de la sala de cine. Un verdadero alarde técnico de imágenes y música tan arrasador que desborda al espectador, que intenta hacer malabares para absorberlo todo de un modo imposible. Con ese comienzo, Chazelle ya está transmitiendo al espectador ese sentimiento de frustración e imposibilidad de alcanzarlo todo en el que viven permanentemente atrapados los protagonistas del filme, un universo de personajes y personajillos múltiple y diverso que se mueven alocadamente en torno a la fama y el dinero como una polilla alrededor de un brillante foco. El éxito, al precio que haya que pagar, es la única meta posible. El fracaso no es una opción. Esa manera del cineasta norteamericano de atrapar al espectador, desde el momento uno, es una jugada muy inteligente, aunque luego, a lo largo de su extenso metraje, Babylon tenga sus altos y bajos, como esa “montaña rusa” cinematográfica que es.




Chazelle nos atrapa con esas fiestas tremebundas y orgiásticas, mostrando rodajes en los que convierte al espectador, de nuevo, en testigo de primera mano de los desmanes y artilugios que caracterizan a la maquinaria de la industria de los sueños. Nos pone, en todo momento, en la fila uno de la sala, y nos sumerge en un hipnótico cóctel de alcohol y música de jazz con una prodigiosa banda sonora de Justin Hurwitz.




Margot Robbie y Brad Pitt, bien acompañados por el actor mexicano Diego Calva, se convierten, por derecho propio, en maestros de ceremonia de esta desmedida bacanal de ambiciones y excesos que conforma Babylon, a lo largo de sus tres horas de metraje (algo excesivo). El elenco de secundarios para componer personajes peculiares es interminable, destacando nombres como Toby Maguire (que encarna al depravado gánster James McKay), Eric Roberts o Joe Dallesandro.




Babylon es, sin duda, un filme polémico, de esos que tienen la facultad tanto de fascinar como de repugnar al espectador. También la crítica, en este caso, se ha mostrado dividida. En mi caso, a pesar de sus puntos débiles (no estamos ante la obra maestra de Chazelle), me parece un trabajo espectacular, fascinante a nivel visual y musical, tan excesivo como hipnótico.

Babylon es, además, aunque de un modo algo “retorcido”, la particular declaración de amor al cine de Chazelle, un arte y una industria que arrastra sus virtudes y también todas sus miserias. En este sentido, Manny Torres (Diego Calva), encarna a una especie de “Totó” adulto que, además, como inmigrante mexicano consigue alcanzar el duro y difícil sueño americano del éxito. 

Es posible que Babylon se hubiera podido contar con media hora menos de metraje. Hay más de una escena complaciente y excesivamente larga, y algunas otras truculentas e incluso desagradables, pero aún con eso y con todo, Babylon se configura como un filme colosal, que porta el sello indiscutible de la personalidad de un joven y brillante cineasta, Damien Chazelle que, estoy seguro, nos va a regalar en el futuro, a todos los que amamos el cine, trabajos muy interesantes. 

Es probable que, con el tiempo, Babylon se convierta en una obra de culto. También es posible que quede como un trabajo más dentro de la filmografía de su creador o que incluso llegue a formar parte del olvido en un mundo que devora todo, de forma instantánea, cada vez más deprisa. De lo que no cabe duda, es que todos aquellos que acudan a las salas a disfrutar de este espectáculo fílmico, quedarán impactados, para bien o para mal. 

Y es que Babylon es de esas obras que no dejan indiferente al espectador, y eso, hoy día, ya es decir mucho.

GONZALO J. GONZALVO

Escritor y Crítico de Cine