lunes, 23 de octubre de 2017

La suerte de los Logan (Logan Lucky, 2017)****

Dir: Steven Soderbergh
Int: Channing Tatum, Adam Driver, Farrah Mackenzie, Riley Keough, Daniel Craig, Katie Holmes,  Charles Halford, Seth MacFarlane, Jack Quaid, Brian Gleeson, Katherine Waterston, Dwight Yoakam, Sebastian Stan, PJ McDonnell, Robert Fortner, Hilary Swank, David Denman


 .
En busca del golpe perfecto...

Thriller y comedia de robos con un sentido del humor bastante negro que recuerda mucho a los hermanos Coen. También a la saga de Ocean´s Eleven del propio Soderbergh. La historia que nos cuenta  La suerte de Logan es la de tres hermanos: Jimmy, Mellie y Clyde Logan, que no es que hayan tenido mucha suerte en la vida que digamos. Juntos deciden poner en marcha un plan para dar un gran golpe durante la carrera de coches más importante de la localidad de Concord (Carolina del Norte). Tiene un tono de comedia y ese sentido de humor socarrón que nos remite, como apuntaba al principio, a las películas de los Coen Sangre fácil (1984) y Fargo (1996). Soderbergh vuelve a la senda iniciada con Ocean´s Eleven (2001), que tuvo su continuación en Ocean´s Twelve (2004) y Ocean´s 13 (2007), combinando acción y comedia (incluso algunos momentos de drama) con acierto. 

La suerte de los Logan rinde además un homenaje más o menos explícito a más de un título del thriller y del Neo Noir de las décadas 60 y 70 , muchos de ellos no exentos de comedia y, en especial, a las películas de ese periodo englobadas en el subgénero de “robos y atracos” (lo que en Estados Unidos denominan “Caper Movies”), tales como: El gran robo (Peter Yates, 1967), La gran estafa (Don Siegel, 1973), Topkapi (Jules Dasssin, 1964) , Un diamante al rojo vivo (1972, Peter Yates) o Un botín de 500.000 dólares (Michael Cimino, 1974); subgénero éste muy prolífico y exitoso sobre todo en los finasles de los sesenta y los años setenta (para mayor información, consultar el libro especializado Balas, sirenas, patillas y jazz: las décadas del Neo Noir). Títulos y subgénero que han influido en cineastas (además del propio Soderbergh) como Quentin Tarantino (Reservoir Dogs, Pulp Fiction), Nicolas Winding Refn (con su excelente Drive) e incluso en el genio neoyorquino Woody Allen (Granujas de medio pelo, 2000 o La maldición del escorpión de jade. También hay ecos de la excelente The Ladykillers dirigido en 1955 por Alexander McKendrick (que en España se tituló El quinteto de la muerte, y contaba con un fenomenal Alec Guinnes), filme que, precisamente, fue versionado de nuevo por los hermanos Coen en su paticular Ladykillers de 2004, y que contó con un reparto liderado por Tom Hanks. 





La suerte de los Logan, como casi todos los filmes de Soderbergh, es narrativamente brillante, con ese particular estilo que propone un aparente ritmo lento (al igual que ocurría también en Fargo de los Coen), pero que en realidad va dosificando y armando poco a poco un puzzle de suspense que funciona como una maquinaria de reloj suizo, y que nos entrega instantes de humor negro realmente impagables y casi delirantes. Evidentemente, Soderbergh es un cineasta que sabe dirigir, y buena prueba de ello son sus excelentes Erin Brockovich (2000), que le dio el Oscar a Julia Roberts, y su Traffic (2000), que nos hizo ver con otros ojos a una fabulosa Catherine Zeta Jones. 


En esta “Caper Movie” de los Logan, Soderbergh, (además del trío masculino que cumple fielmente con su cometido), logra ese efecto de mostrarnos de nuevo como una gran actriz a una desaprovechada Katie Holmes, que ahora parece crecerse artísticamente alejada ya de la alargada sombra de su ex-esposo y rutilante estrella de Hollywood Tom Cruise. Con un guión de Rebeca Blunt (nombre bajo el que se podría esconder el propio Soderbergh, y que ha creado cierta polémica al ser una persona ficticia que nadie conoce) y fotografía del propio Soderbergh, La suerte de los Logan  nos entrega también otra breve pero intensa aparición de Hilary Swank, la inolvidable Million Dollar Baby elevada a los altares gracias a la maestría de ese monstruo legendario del cine en que se ha convertido el señor Clint Eastwood. 


La suerte de los Logan resulta en conjunto un filme inteligente y muy entretenido, que navega a la perfección tanto en las aguas de la buena comedia como en las del thriller, y que más que la carcajada, nos despierta a menudo una sonrisa cómplice y burlona; tan socarrona como el tono general de esta divertida y rocambolesca historia no exenta de sátira social y política. 

Gonzalo J. Gonzalvo

-Aragonia, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

jueves, 19 de octubre de 2017

Mal genio (Le redoutable, 2017)**

Dir: Michel Hazanavicius
Int: Louis Garrel, Stacy Martin, Bérénice Bejo, Grégory Gadebois, Micha Lescot, Louise Legendre, Félix Kysyl, Arthur Orcier, Marc Fraize, Romain Goupil, Jean-Pierre Mocky, Guido Caprino, Emmanuele Aita, Matteo Martari.


El ralizador francés Michel Hazanavicius, logró una popularidad instantánea gracias a los 5 Oscars que obtuvo su película The Artist (2011), filmada en blanco y negro, muda y haciendo todo un homenaje al cine comercial de los años 20 del siglo pasado. Nunca había demostrado ninguna cualidad muy especial, no lo había hecho en sus prescindibles parodias del cine de espias a lo Bond (OSS 117: El Cairo, nido de espias, de 2006, OSS 117, perdido en Rio..., de 2009), ni en The Search (2014), ambientada en la guerra de Chechenia, un intento fracasado de mostrar la crudeza de un duro conflicto bélico con muchas víctimas inocentes, vapuleada por la crítica y olvidada por el público.

Ahora, no es que haya logrado producir otra joya cinéfila, pero al menos su intento de comedia-biopic sobre Jean Luc Godard, ha permitido que volvamos la mirada a este controvertido maestro del cine.



La película nos muestra a Godard (interpretado por Louis Garrel) a mediados de los 60. Durante el rodaje de La chinoise (1967), una de sus películas más polémicas y comprometidas con los movimientos político-revolucionarios modernos, que poco después se conocerán como el Mayo del 68.

El director francés, recién divorciado de Anna Karina, una de sus más fieles musas, se enamora de la actriz de 17 años Anne Wiazemsky (Stacy Martin), con la que más tarde se casaría. Las contradicciones "burguesas" de un realizador genial (sobre todo por los filmes anteriores y en especial por A bout de souffle, de 1960, una de las más bellas, refrescantes y rupturistas apuestas del cine de la modernidad), que quiere "revolucionarse" y romper definitivamente con el cine burgués, alistándose en las filas del colectivo cinematográfico Dziga Vertov, convirtiéndose así en un revolucionario de opera bufa, o al menos eso parece querer contarnos Hazanavicius, que lejos de respetar la figura del maeatro (todavía en activo hoy con 87 años), intenta retratarlo, a través de sus rabietas con Bernardo Bertolucci o Marco Ferreri, y de un "infantil" e incomprensible intento de suicidio por amor y celos en su relación con la Wiazensky...


Hay que insistir en que esta película es totalmente prescindible, pero tiene una utilidad: recordar la figura de Jean-Luc Godard. En ese sentido me voy a permitir recomendarles una serie de títulos que han venido definiendo una carrera larga y más coherente de lo que podría parecer. Una mujer es una mujer (1961), Vivir su vida (1962), El desprecio (1963), Banda aparte (1964), Pierrot le fou (1965), Sympathy for The Devil (1968), toda una experiencia cinético-musical con los Rolling Stones y una cierta culminación de su brillante etapa en los sesenta. Titubeantes, comprometidas y escandalosas fueron Pasión (1982), Nombre: Carmen (1983), Yo te saludo, María (1985) y King Lear (1987). De 1989 a 1999 dirige Histoire(s) du cinéma, una muy personal visión del cine en 8 entregas para la televisión. En el siglo XXI, lejos de rendirse, logra algunas de sus mejores películas, repletas de belleza, reflexión profunda sobre la vida y el cine (mejor dicho, sobre la creación audiovisual) en Elogio del amor  (2001) y Nuestra música (2004), quizás la mejor de su extensa trayectoria. 




Roberto Sánchez

-Aragonia-

viernes, 13 de octubre de 2017

Blade Runner 2049 (2017)***** o ***

Dir: Denis Villeneuve
Int: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, 
Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista, Barkhad Abdi, David 
Dastmalchian, Hiam Abbass, Edward James Olmos.


CUANDO LOS REPLICANTES SON MÁS HUMANOS QUE LOS PROPIOS HUMANOS. 

¿Estaría usted seguro de pasar el test que diferencia a humanos de replicantes? ¿Qué somos? ¿Cuanto tiempo nos queda? ¿Adónde vamos? Estas preguntas tan humanas se las hacían ya los replicantes Nexus 6 del filme Blade Runner de 1982. Entonces la megalópolis de Los Ángeles se hallaba sumida en el horizonte espacio temporal del año 2019. Ahora, treinta años después, la situación no ha ido a mejor, todo lo contrario. La ciudad ha crecido aún más, está mucho más polucionada. Sólo los más pobres y los replicantes clandestinos viven como pueden en total aislamiento, controlados por la tecnología e inmersos en una realidad deprimente que sólo otra realidad artificial, la virtual, parece aliviarles un tanto, mediante acompañantes virtuales que “les hacen la vida más fácil y amable”. 

Blade Runner 2049 deja claro en su título que no es un remake o una nueva versión de la misma historia actualizada técnicamente y con un reparto de nuestros días. El director que se ha atrevido con una empresa tan difícil y de tanta responsabilidad para afrontar un nuevo proyecto sobre un filme de culto como es el Blade Runner dirigido por Ridley Scott  (una de sus mejores obras sin duda, junto a Alien, el octavo pasajero) hubiese cometido un error garrafal, aunque técnicamente ese remake hubiera sido perfecto. Denis Villeneuve (uno de los mejores directores en la actualidad) no iba a caer en ese error que hubiese permitido comparaciones mucho más odiosas de las que ya está teniendo con el filme de 1982 de Ridley Scott. Villeneuve,  es un director canadiense que  se inició como documentalista (lo que habla ya en favor de su meticulosidad y perfección). Con su segundo trabajo Next Floor (2008), gana el premio al mejor cortometraje en los festivales de Cannes, Sitges y Toronto. Con su primer largometraje Polytechnique (2009), se revela como un buen conductor de los resortes y vías del thriller. A partir de ahí, con su siguiente trabajo, la fenomenal Incendies (2010), salta a lo más alto del prestigio internacional con la nominación a mejor película en los Oscar, Bafta, César franceses y Canadá.  Con Prisioneros (2013), llega a la cima del thriller con un filme desasosegante y oscuro, que lo pone al nivel de los mejores directores del género y recibe de nuevo premios internacionales. En este filme cuanta ya con el binomio Johann Johannsson en la música y Roger Deakins en la fotografía. Con éste último, y los compositores Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, forma un equipo ganador para crear un mundo audiovisual propio realmente hipnótico y adictivo en este Blade Runner 2049. Tras el intenso thriller Sicario (2015), Villeneuve vuelve a lograr un filme muy sugerente (de nuevo con la partitura de Johannsson) con la hermosa La llegada (2016), sin duda uno de los mejores filmes de ciencia ficción de los últimos años que obtiene 8 nominaciones a los Oscar. 




Blade Runner 2049 logra una perfecta transición respecto a la historia del Blade Runner de Scott y clarifica lo sucedido en aquella, manteniendo al mismo tiempo ciertas incógnitas de índole filosófico y humano que acompañan al hombre desde que éste se hirguió sobre sus dos patas y dejó de ser un mono para pasar a ser un homo sapiens (cuestión que Stanley Kubrick abordó ya hace décadas con esa obra maestra de la ciencia ficción llamada 2001: Una odisea del espacio). Villeneuve con indudable personalidad, deja ahí planteados esos enigmas trascendentales que el novelista Philip K. Dick introdujo en su novela corta inspiradora del filme de Scott (¿Sueñan los androides con ovejas eleéctricas?) pero introduce además multitud de subtemas con un tratamiento muy respetuoso al Blade Runner de 1982 y con guiños a éste (recuperando a Harrison Ford  y a la replicante Rachel) para mayor placer de sus fans. 



Dentro de estos temas podemos encontrar: la “humanidad” cada vez mayor de los replicantes 
frente a personas cada vez menos humanas/ El cada vez mayor abismo entre pobres y ricos en la sociedad del futuro, donde la tierra ya es un lugar inhabitable/ El mito de Frankenstein a través del magnate de la ingeniería genética Niander Wallace (un inquietanteJared Leto), ese Dios de la cibernética creador de unos replicantes cada vez más perfectos, pero frustrado por no ser capaz de darles una cualidad que sólo poseen los nacidos de un útero materno. Un dios cruel y despiadado. / La realidad virtual como una vía alienante y de escape para huir de una realidad vital desalentadora tanto para humanos como para replicantes, donde el aislamiento es casi absoluto y los acompañantes virtuales se imponen para sustituir al real, afectivo y humano (¿esto ya les suena en el actual 2017, verdad?). Los subtemas pues son muchos, y además de permitir una reflexión filosófica, incluyen una crítica social implícita sobre el futuro que nos espera, en el que la evolución de los robots es creciente, inquietante e imparable debido a los avances gigantescos de la inteligencia artificial. 




Villeneuve nos sumerge pues en ese futuro descarnado y desesperanzador con una maestría visual y narrativa apoyada por una increible fotografía de Roger Deakins y una banda sonora hipnótica que hacen de todo el filme una experiencia audiovisual inmersiva de gran calibre. Con planos interiores que parecen obras del pintor Edward Hopper. Los diálogos son los justos, dejando que las situaciones y las imágenes hablen por si solas. Con un reparto de altura en el que el duelo Goslin-Ford  logra momentos muy emotivos, destacando también el excepcional trabajo de las actrices: Robin Wright Penn, la hispana Ana de Armas y la holandesa Sylvia Hoeck. Recupera también en una breve pero intensa aparición del Chicano Californiano Edward James Olmos (el inquietante policía amante de la papiroflexia en la versión de 1982). No faltan tampoco los guiños a toda la imaginería visual que idearon Douglas Trumbull, Syd Mead, Richard Yurichich y David Dryer, con ese plano del anuncio de ATARI (marca fetiche de videojuegos ochenteros) y esa ciudad cuajada de enormes edificios lúgubres llena de anuncios luminosos que parece un cementerio compartido por humanos y replicantes. 


El tiempo dirá si este Blade Runner 2049 se convertirá por derecho propio en un clásico de la ciencia ficción de este nuevo siglo XXI. Indudablemente, estamos ante una obra magnífica de un creador (Denis Villeneuve) que se ha enfrentado con pericia y maestría a un reto que era muy difícil: contentar a los amantes del filme de Scott  (una obra ya universal y de culto) y, al mismo tiempo, anonadar a los nuevos espectadores con un filme que supone toda una experiencia audiovisual. Los que lo tildan de frío y lo vapulean (como ya pasó en el estreno de 1982 por parte de más de una voz) han de pensar que ese mundo futuro y apocalíptico que bebe directamente del cine Neo Noir y de una estética ciber punk que sentó el primer Blade Runner, es un mundo poblado de personajes sin alma (replicantes y robots de todo tipo) y “mascotas virtuales” igualmente desprovistas de humanidad. En un momento dado, la lugarteniente Joshi interpretada por Robin Wright le dice a K (Ryan Goslin): “Tu no tienes alma, y no te ha ido mal sin ella”. Quizá en ese futuro distópico que nos espera llegue un momento en que los replicantes y los robots alberguen en su interior más humanidad que los propios humanos. Muchos de nosotros no llegaremos a vivirlo (afortunadamente), pero como Deckard decía en el Blade Runner de Scott: “Yo no sabía cuanto tiempo viviría ella. Cuanto tiempo me quedaría a mí....pero en realidad... ¿Quien vive?... “

Gonzalo J. Gonzalvo.


CUANDO LA SECUELA LE DEBE DEMASIADO AL ORIGINAL.


Coincido con Gonzalo J. Gonzalvo en que estamos ante un film apreciable, con indudable calidad. La ciencia ficción (y sus variantes subgenéricas) necesitan películas planteadas con seriedad y que puedan aportar algunas ideas, más allá de la parafernalia de los trucajes digitales. Estamos ante uno de esos casos y puede entenderse, hasta cierto punto, que al contrastar con la mediocridad y ramplonería reinantes pueda deslumbrarnos con algunos de sus elementos. De hecho, yo iba muy bien predispuesto (quizás demasiado) ante la opción en la dirección del canadiense Denis Villeneuve, que en La llegada (2016), ya había logrado dignificar el género, en este caso en la variante: encuentro con alienígenas. 

Lo que ocurre ahora es que una vez vista, la sombra del Blade Runner de 1982 es demasiado alargada. Los mejores momentos del nuevo film, le deben todo, incluso desde el punto de vista más formalista, a las imágenes y sonidos creados por el equipo de Ridley Scott en el pasado (Jordan Cronenweth, dirigiendo la fotografía, o Vangelis en la banda sonora; por citar a dos de los más evidentes). Ridley Scott que ahora es uno de los productores ejecutivos y Hampton Fancher (guionista, junto a Michael Green, un reciente colaborador de Scott en Alien Covenant), parece que han impuesto su visión sobre los trabajos del director canadiense Denis Villeneuve, del veterano director de fotografía inglés Roger Deakins o en la música compuesta por el joven Benjamin Wallfisch (responsable ya de la banda sonora en las exitosas Dunkerque o It) y Hans Zimmer. En principio, esa descarada influencia no es perniciosa, pero es evidente que invalida cualquier posibilidad de originalidad e innovación real. De hecho, uno de los puntos más fuertes del film, esa reflexión sobre lo que significa ser humano, esa sensación de que los seres nacidos parecen frias máquinas sin conciencia y que los replicantes parecen más humanos que sus creadores, acertadamente señalado por Gonzalo J. Gonzalvo en su crónica, ya estaba presente, y de un modo más sutil y efectivo en la vieja película que culminaba con esas imágenes épicas de la mítica escena en la que moría Roy Batty, el líder de los rebeldes Nexus 8, en una soberbia interpretación de Rutger Hauer.




Tampoco hay nada demasiado novedoso en cuanto a la recreación de los universod ideados por el escritor norteamericano Philip K. Dick (1928-1982) que  en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas elécricas?, de 1968, fue el primero en inventar este universo en el que las máquinas reivindicarán su humanidad. Incluso la fusión genérica (serie negra policíaca + Ciencia ficción) ya había sido investigada, con éxito, por este prolífico escritor capaz de moverse en los dos géneros con soltura. El mérito de haber puesto de moda la obra de K. Dick es de Scott (junto a Hampton Fancher y David Webb Peoples, los guionistas del viejo Blade Runner) que "actualizaron" las brillantes ideas del escritor. Desde los años ochenta, muchos han utilizado sus novelas y relatos. Paul Verhoeven en Desafío total (1990), Steven Spielberg en Minority Report (2002), o desde la experimentación e independencia Richard Linklater en A Scanner Darkly (2006), han reinterpretando con libertad sus ideas, logrando películas de género muy diferentes entre sí, pero más que apreciables.




En el año 2015, K. Dick pasó a formar parte también del universo de las series. Dos, al menos, se pusieron en marcha durante ese año: Minority Report (10 episodios) y The Man in High Castle, en la que Frank Spotnitz adapta una de sus mejores novelas (escrita en 1963, y que está traducida al español con el título de El hombre en el castillo). 

Resumiendo, creo que las razones para no considerar Blade Runner 2049, una obra maestra son evidentes, pero insisto en que puede y debe verse esta revisión, aunque se quede a la sombra de la película de Ridley Scott. Por cierto, algunas salas están recuperando, la versión conocida como The Final Cut (Blade Runner, el montaje del director), de 2007, la única sobre la que Ridley Scott tuvo el control artístico completo. Programarse una doble sesión con ambas, podría ser una experiencia inolvidable, pero estoy seguro  que pondría de relieve las carencias de esta reciente secuela, que a pesar de todo también recomiendo ver y disfrutar. Si fuera posible, se puede completar la sensación de inmersión (más allá del videojuego creado en 1997 y desarrollado a partir del film) con el paisaje sonoro reforzado por el sistema Atmos que ya tienen algunas salas...

Roberto Sánchez.

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

lunes, 9 de octubre de 2017

La cordillera (2017)***

Dir: Santiago Mitre
Int: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Érica Rivas, Gerardo Romano, Paulina García, Alfredo 
Castro, Daniel Giménez Cacho, Elena Anaya, Leonardo Franco, Christian Slater.


En una Cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, en donde se definen las estrategias y alianzas geopolíticas de la región, Hernán Blanco (Ricardo Darín), el presidente argentino, vive un drama político y familiar que le hará enfrentarse a sus propios demonios. Deberá tomar dos decisiones que podrían cambiar el curso de su vida en el orden público y privado: una difícil situación emocional con su hija, con problemas psicológicos serios, y por otro, la decisión política más importante de su carrera, que podría tener evidentes repercusiones a nivel internacional. 

Santiago Mitre es otro director argentino capaz de sublimar los géneros (aquí una fusión entre thriller político y una historia más íntima de fuerte peso psicológico) y de correr algún que otro riesgo a la hora de equilibrar aspectos que no suelen estar presentes (o si lo están, tratados con superficialidad) en las películas con implicaciones políticas de la factoría de Hollywood. Sus inquietudes como cineasta se mostraron con solidez y elegancia en sus películas anteriores Carancho (2010), El estudiante (2011) o en Paulina (La patota, 2015), cuyo guionista, Mariano Llinás, repite en La cordillera. Además de contar con Ricardo Darín (con el que ya había trabajado en Carancho), insiste también con Dolores Fonzi (brillante protagonista de Paulina, que ahora es Marina, la hija del presidente), quizás el otro personaje con más complejidad de esta historia, sin el que no podríamos acceder a  la vertiente más íntima y personal del presidente Hernán Blanco. 



La tensión entre la responsabilidad política y personal-familiar quedan patentes en una película que apuesta por la solvencia como actor de Ricardo Darín, que resuelve los no pocos problemas que tiene el guion a la hora de conciliar la historia personal con el marco político descrito, las relaciones con los otros presidentes y agentes políticos, o con las presiones de los diferentes poderes fácticos que realmente ostentan el control y dominio mundial.



La ambiguedad ética y moral (o visto de otro modo, la habilidad política de un supuesto hijo del pueblo, con un perfil bajo en cuanto a su visibilidad), refuerzan el relato y al mismo tiempo, si no fuera por el buen trabajo de Darín, serían razones suficientes para olvidar esta película, que en su retorcido juego por mostrarnos dónde están los límites en la  política (y en la vida más personal y cotidiana) entre el BIEN y el MAL, alcanza su verdadero valor como mensaje comprometido con una realidad compleja y preocupante.

Roberto Sánchez

-Aragonia-

miércoles, 4 de octubre de 2017

Madre! (Mother!, 2017)***

Dir: Darren Aronofsky
Int: Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, 
Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, 
Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson, Xiao Sun.

Darren Aronofsky tiene una filmografía bastante atípica, muy personal. Este neoyorquino, nacido en 1969, se inició en el cine con el cortometraje Fortune Cookie (1991), después de tres trabajos cortos más, inicia su trayectoria en el campo de los largometrajes con Pi, fe en el caos (Pi, 1998), con guion propio, según una historia concebida por él, junto a Sean Gullette y Eric Watson; le sigue la inquietante Réquiem por un sueño (2000), según un libro de Hubert Selby Jr., uno de sus habituales colaboradores, que convirtió en guion Aronofsky, desarrollando un estilo personal siempre capaz de poner a sus actores y al espectador en los límites de lo soportable, a fuerza de ser fiel a las sensaciones y experiencias de tres adictos a las drogas y estupefacientes legales e ilegales; en La fuente de la vida (The Fountain, 2006), historia de Aronofsky y Ari Handel, escrita de nuevo por él mismo, el resultado supone todo un viaje fantástico- lisérgico que se inicia en el siglo XVI y culmina en el XXVI. 

Le costó convencer a los productores que podía afrontar un cine más convencional, pero lo logró con El luchador (The Wrestler, 2008), con guion de Rober D. Siegel) y Cisne negro (2010) que sólo dirige, partiendo de una historia de Andres Heinz, guionizada por Mark Heyman y John J. McLaughlin. Con todo, y debido a su fuerte personalidad a la hora de mover la cámara y encuadrar (también con sus particuliradidades en la edición), son indudablemente películas que puede firmar sin sentir traicionado su estilo. Vuelve a sus territorios con Noé (2014), un guión suyo y de Ari Handel, quizás originalmente un encargo, que lleva a su terreno personal, sacudiendo las convenciones del género bíblico. 




Toda esta introducción era necesaria para poder decir que en Mother!, Aronofsky ha dado su do de pecho. Con un guión solamente elaborado por él, con una compleja (a)puesta en imágenes, dentro de un espacio relativamente pequeño (esa mansión que habitan la pareja formada por Madre-Jennifer Lawrence y Él-Javier Bardem), que deviene universal y atemporal, logra una suerte de epopeya cacofónica y arrítmica, por la banda sonora (música electrónica, programada por Rutger Hoedemaekers, y orquestada por Jeff Atmajian, que sólo se reivindica al final con la inclusión del tema Until The End Of The World, en la voz de Patti Smith) y por sus delirantes imágenes que misteriosamente van adquiriendo sentido (y sentidos).




Darren Aronofsky plantea una apuesta que difícilmente superará el público más convencional. Hasta la elección de cuatro brillantes intérpretes (Lawrence, Bardem. Harris y Pfeiffer) que además son estrellas de Hollywood, parece simplemente una trampa. Todos están bien (en realidad bastante bien), pero la Madre, es la que llevará un mayor peso sobre sus espaldas (por cierto, la joven pero ya experimentada actriz norteamericana sale muy bien del difícil cometido). La fama internacional les permite encarnar a unos personajes convertidos en símbolos universales. Es la tensión entre el estrellato de sus intérpretes y sus personajes lo que de alguna forma encamina la historia hacia la lectura fantástico simbólica.




Será difícil encotrar medias tintas a la hora de valorarla. Hemos dudado durante días en despreciarla o encumbrarla. Y, aún considerando que puede resultar endeble en su atrevimiento metafórico (¿reflexión perturbada sobre la creación y la Creación, sobre la historia de un presente agónico, sobre Adán y Eva, sobre Caín y Abel, sobre la Kábala,...? y mil alusiones más...), hemos terminado por rendirnos ante su valentía al defender un estilo que, sin duda, ha tenido en cuenta logros a la hora de navegar por los universos cinematográficos de Roman Polansky, Luis Buñuel, Federico Fellini, Terrence Malick o el mismo Emir Kusturica. No es que haya citas directas a ninguno de ellos, pero hay destellos de esos creadores, que elaborados con una visión propia y obsesiva han producido una refrescante (y oscura) locura fílmica.

Roberto Sánchez
Antonia Bordonada

-Aragonia, C. Grancasa, Puerto Venecia, Yelmo-